
EL PROCESO ELECTORAL EN BAJA CALIFORNIA
Por Felipe Lee
Se ha agotado la imaginación política. ‘Al cabo tienen
que votar’. Los detalles no importan. Pega mantas, pon la cara, anota
la frase más idiota que se te ocurra. Ya eres un candidato. A este
sublime proceso político se agrega el hecho de que las propuestas de
los candidatos son la repetición a nivel estatal de las consignas federales:
más seguridad, más empleo, más educación. Con
la desventaja de que aquí son repetidas de una manera más provinciana
o bravera. Las caras de los candidatos están por toda la ciudad. ¿Acaso
hay que votar por la cara? Los candidatos son ignorantes o son muy buenos
para ocultar su sabiduría. Todos parecen grabadoras repitiendo fórmulas
que a nada incitan y que nadie cree. No hay ninguno que apele a la inteligencia
de los ciudadanos. Gane quien gane, una cosa es segura: todo seguirá
igual. Si cumplen lo que prometen, nos va peor. A estas alturas nuestra única
esperanza es que sean tan ineptos como parecen. De esta manera, las mallas
del poder seguirán siendo lo suficientemente holgadas como para poder
escabullirse y ser libre. Los partidos políticos se han convertido
en lucrativos negocios. La situación ha llegado a extremos inauditos:
después de haber sido descubiertos desfalcando a la nación,
siguen ahí, dirigiéndola. Los candidatos no representan los
intereses de la gente sino de sus partidos; a veces ni eso, simplemente hallaron
una manera de hacer mucho dinero en poco tiempo. Es verdad que el poder emana
del pueblo y en él reside. Todo el inmenso poder de los infames políticos
es, como decían los antiguos sabios hindúes, sólo ilusión.
Nosotros somos los que sostenemos dicha ilusión con nuestros aplausos,
con nuestros votos, con nuestro desperdiciado entusiasmo. Todo ese prodigio
llamado poder político se revelaría como lo que es, nada, si
dejáramos de creer. Lo peor de todo es que si votan sólo tres
personas, ellos son legítimos.
Votar es darles permiso para que nos sigan haciendo lo que nos han hecho.
Por eso la insistencia en el deber cívico que todo buen ciudadano debe
observar puntualmente. Genial invento que permite maniatar a un pueblo con
su propio permiso. Es la única trampa que funciona por medio de un
mecanismo accionado por la propia libertad de la presa.
Los partidos políticos dividen a la gente, la hacen creer que está
ante opciones distintas. Si la rendición de cuentas fuera en serio,
los partidos no deberían de existir. Sólo se puede ir a votar
drogado o borracho. Lo siento por los hombres honestos, tendrán que
auto-reprimir su inteligencia, auto-engañarse, para no encarar esa
verdad que ellos han visto asomarse peligrosamente en su conciencia: no hay
motivos para ir a votar. La gente no cree en los patéticos discursos
de los políticos, ni es atraída por sus magnéticas personalidades.
La gente quiere echar relajo, gritar, empujarse, un pretexto para la acción
con música popular de fondo.
¿De dónde sale tanto candidato, de tanto distrito, que unos
días antes no nos arrollaba con sus ganas de mejorar la colonia? Los
partidos políticos se inventan enemigos entre sí para que la
gente gaste su energía en broncas absurdas. A río revuelto,
ganancia de pescadores. Sus ideologías apenas si son un mal pretexto
para agarrarse a golpes. Se suponía que trenzarse a putazos después
o durante un partido de futbol era menos digno que hacerlo por una plataforma
política. Los políticos ya no están a la altura de esta
simple distinción moral. Sus ideologías los hacen más
torpes y cerrados, los incitan a golpearse, a golpearnos unos a otros. Al
mismo tiempo, es sospechosa la facilidad con la que alcanzan la armonía
a la hora de subirse el sueldo. Las graves diferencias ideológicas
no pueden nada contra medida tan necesaria para la prosperidad nacional. Los
brotes de violencia no son una anomalía, son algo secretamente buscado
y que beneficia al proceso electoral pues le da una pasión, saca a
la gente de su subversiva indiferencia y les da a los políticos un
motivo para hacer discursos edificantes en los que niegan lo que en la práctica
generan. Si yo fuera presidente, miraría complacido el que una bola
de güeyes se partan la jeta por algo que sólo me hace más
fuerte. Su participación, no importa cuán salvaje, me sostiene
y me legitima como ninguna ley podrá hacerlo jamás. Los otros
grandes beneficiados con esta rivalidad inducida son los medios masivos de
comunicación. A estos les toca parte del botín como pago por
sus servicios, los cuales se reducen a llevar el show a todos los hogares
que pagan a tiempo su recibo de la luz. Los ingresos de radio, televisión
y prensa escrita dependen cada vez más de la publicidad pagada por
las casas de masajes exóticos y por la pseudo competencia política.
Antes de que la gente vote, ellos, los partidos, sus dirigentes, ya se han
repartido qué le toca a quién. El voto de la gente es un rodeo
que, si bien ridículo, no pueden evitar pues es necesario que la gente
crea que controla su propio destino.
En cuanto al narcotráfico, dios los hace y ellos se juntan. No sé
si hay dinero del narco en las campañas. No tengo pruebas. En todo
caso, tal discusión está subordinada al hecho de que el contraste
entre un político y un narco beneficia a los políticos. Dios
tuvo que inventar al diablo para poder ser dios. El político se apropió
del narco para poder redefinirse en un momento en que los enemigos tradicionales
(ateísmo, comunismo, robachicos) habían agotado su potencial
movilizador. Según mi última encuesta, cada vez que un candidato
declara algo contra el narco su popularidad se incrementa 1.23 puntos.
Si esto que veo ante mí es un candidato y si, no obstante ello, la
gente vota, entonces somos capaces de grandes proezas con tal de ahuyentar
el aburrimiento.
Felipe Lee. Profesor titular de la UABC en la carrera de filosofía.
Actualmente estudia el doctorado en Filosofia en la UNAM.
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