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El árbol de los epígrafes.

Imagine aquí un excelente epígrafe.
Edger Madrid.

Que bonitos son los Mad Libs.
Dirdam Regdé.

En lugar de atraer la mirada sobre sí, una oración puesta de epígrafe se limita a condensarla y verterla en el todo que es la escritura. Pero claro, para esto no se escribe.

Un libro de Foucault perdido entre los anaqueles de una biblioteca no tiene más de cuatrocientas hojas repletas de palabras. Sus combinaciones, oraciones y párrafos, no son más que huellas sobre un terreno poblado de otras pisadas más antiguas, y, sin embargo, me presenta un amplio trozo de región afrancesada del siglo XX: una cárcel y un manicomio, un padre que estuvo y no estuvo, un pueblo jugando a diversas configuraciones estructurales de usos de poder y el curvo lomo de una larga historia. ¿Cómo puede estar todo esto en un espacio tan diminuto? Evidentemente, está sin estar. Todos los hechos ahí descritos no me permiten comportarme ante ellos como ante una realidad. El manicomio no es, en verdad, un hospital para enfermos mentales; ni la cárcel un presidio; ni la historia una historia. Todo es metáfora pura, todo tiene una existencia meramente potencial. El texto, como la pintura, como la música o como toda obra de arte, es una abertura de irrealidad que se aparece mágicamente en nuestro contorno real.

Veo un cita de este autor puesta de epígrafe en un libro, y observo que da pié a los andares de los personajes de un cuento, una novela o, ¿porqué no? un ensayo vestido con los más finos atavíos propios de tal o cual academia. Cuando la miro trepo una maraña imaginaria y adopto una actitud de pura abstracción que ilumina mi realidad, o bien, que cómodamente me transporta a otra también obediente a los designios de la textualidad. Mas de esa realidad a la que me sirve de sostén, mi alma da un salto como de la vigilia al sueño.

Hubo un libro, que sin ser libro sirvió de libro, y las ideas contenidas dentro de sus cantares se retomaron luego, una a una, y fueron hormigueando en más libros. Estos, a su vez, atomizados en esos contenedores de imágenes que son las palabras, las oraciones y los párrafos, dieron a luz nuevos libros: una cadena de epígrafes que siguen de la mano a la humanidad dándole un sentido e identidad, algo de qué hablar. El papel con que se producen las hojas y las tapas de los libros proviene de los árboles, y pareciera que con la transformación de cortezas a páginas quedara atrás la naturaleza material de nuestros “amigos fríos” (como Víctor Hugo llama a los libros), sin embargo, un ojo que sabe de resabios no puede mostrarse perezoso para saber que del árbol que está pegado a la tierra nace, con este movimiento humanizado, otro árbol: el árbol genealógico de la sabiduría de la sociedad y, con esto, la isla textil de la humanidad.

 


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