
Hank no es la política de la verdad, sino la verdad
de la política. El ritual ha entrado en su fase irónica, lo
cual es un acontecimiento. Ha sucedido sin que el agente lo sepa o lo quiera.
Nadie sabe para quién trabaja. Reducida a su forma más abstracta,
imitando con alta fidelidad el relato solemne que de ella hacen en los libros
de primaria (candidatos, debate, sufragio), la democracia nunca había
estado tan cerca de su propia ausencia. Todo esto sin perder su necesidad
histórica. Hasta antes de Hank, todos los políticos habían
ocultado, tras mentiras cada vez más gastadas, la ciudad de Tijuana,
la cual se acerca peligrosamente al “grado cero de la política”.
Una tercera parte de la población mete un papelito en una caja de cartón:
sublime. Este grado cero, la democracia meramente latente, en piloto automático,
es en sí mismo un fenómeno político a la vez chistoso
y revelador.
Hank expuso la verdad de la mentira, la expuso como lo que es. La imposibilidad
de poder esconder algo detrás de la mentira, hizo que expusiera el
juego como juego, lo cual es el final. De esta manera, Hank (no la persona,
sino el momento) mandó a la prehistoria toda propaganda típica.
Después de Hank, la política tendrá que buscar nuevas
formas de cautivar a las masas, puesto que ya el engaño fue expuesto
como engaño. La política era un juego que consistía en
que se nombrara todo, excepto la política misma. Hank transgredió
el tabú del nombre de Dios. Dijo lo indecible y destruyó lo
decible. Una ciudad clase mediera, que funciona por sí misma, en la
que el gobierno se limita a tapar baches, todo esto, más la puntada
de un multimillonario sin formación ni instintos políticos,
se combinaron para producir el acontecimiento. Cuando Hank decía y
repetía que no le iba a temblar la mano, que en Tijuana se viviría
bien y seguro, no sólo decía eso, sino que invitaba a todos
a que vieran su falsedad, a que se rieran del lenguaje político. Hizo
una parodia involuntaria de sí mismo y de los votantes. Hank es el
matapolítico más ambivalente. La mentira se denunciaba a sí
misma, plenamente conciente de que no pasaría nada, porque los ciudadanos
son ya un mercado cautivo, aunque se den cuenta que son objeto de burla y
escarnio. Después de Hank, podemos ser Calígula: una cebra de
la “Revu” no está mal como próximo candidato. Algo
parecido a lo que ocurre en la industria farmacéutica. Las medicinas
que venden tienen asquerosos efectos secundarios (incluso la muerte, que es
considerada un efecto secundario), los cuales son macabramente descritos en
el mismo acto de publicitarlas. Y las compran. La tensión de la mentira
en política, su distancia, su arte, quedaban anulados por el candidato-traficante
de animales exóticos. Antes, había cierta lucha ideológica,
cierto esfuerzo por disimular la política, a pesar de que las ganancias
estaban aseguradas. Ahora ya no les importa o ya no pueden mantener la tensión
mentirosa. Hank expuso a la política como política. Hank no
ocultó nada. La piel era solo piel, piel de nada. Todas las técnicas
retóricas sucumbían bajo la ironía de su propia verdad.
Si Hank hablaba de huevos, terminaba con todo albur en política. Si
Hank hablaba de bienestar, nos hacía revolcarnos en lo patético
de nuestras perennes aspiraciones. Era el rey Midas al revés. Jorge
Hank no es la política de la verdad, es la verdad de la política.
F. Lee
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