
LA ACTITUD FILOSÓFICA EN TIJUANA.
Yaren Rojas
“Entramos y no entramos en el mismo río, somos y no somos.”
Heráclito ( Fragmento)
Pocas personas en Tijuana han tenido la oportunidad de dialogar o conocer
a un filósofo. La gente se imagina –expresándolo con sinceridad-
que el filósofo es quien se dedica a pensar casi como un defecto o
–hablando más seriamente- quien se dedica a pensar porque es
necesario para la sociedad que alguien lo haga. La imagen del filósofo
aparece como imprecisa y lejana. Regularmente es asociada al recuerdo de un
maestro “raro” de preparatoria, o a un compañero solitario
“ratón de biblioteca”, confundido y soñador; y su
figura es tan abstracta como sus funciones asociadas: es el guardián
de los valores, de la cultura, de la crítica a las formas y producciones
sociales. Sumado a que hay pocos filósofos en la ciudad , en resumen:
Ser filósofo en Tijuana es ante todo ser crítico y poco práctico.
Lo anterior deja claro un problema: Cuando la imagen social de los actores
sociales corresponde a sus roles sólo de manera esteriotipada, se puede
deber a varias razones:
1. A que no existe un conjunto de prácticas características
de dicho rol, y por lo tanto;
2. no existe un espacio de influencia social ni retroalimentación del
mismo.
3. También por varias causas: por falta de identificación y
de diferenciación al interior del espacio social actual así
como de la memoria colectiva.
No obstante, debemos considerar que la indagación
de estados de opinión no nos ofrece certezas ni verdades, sino comprensión.
Siendo la sociedad de Tijuana práctica, cambiante y fugaz; su imaginario
colectivo se define primero por su acción-función, luego por
su contenido. La fuerza que ejerce la vida imaginada de manera global en la
vida especifica, particularmente dentro de nuestro ámbito social, es
un componente importante –pero no determinante- para dibujar roles y
campos de acción.
El filósofo no es la excepción. Participa constitutiva y activamente
dentro de su comunidad. Pertenece y es pertenecido. Es una imagen, pero también
contribuye a la imaginación social. Paradójicamente, es quien
se distingue por transformar las nociones, por ir más allá,
para venir más acá, haciendo de su interpretación un
campo de acción intelectual que le caracteriza. Como nos dice Foucault
(1984): “…el pensamiento filosófico intenta reflexionar
sobre su propio presente”. Y es quizás esto lo que lo aísla
del presente. En ese caso, el filósofo puede ser entendido como un
pensamiento escapista, mas no por eso externo ni excluido.
Dicho escape o salida del filósofo puede tener varias vías:
como método de pensamiento profundo, como renuncia de la vida común,
o como alternativa y propuesta de cambio de este mundo. Esta enumeración
no corresponde a todas las posibles, pero a partir que aquí podemos
identificar algunos grupos esteriotipados predominantes sobre la imagen social
que proyecta este conjunto de prácticas: los críticos que no
trabajan y no hacen nada, el grupo de místicos vegetarianos que por
lo regular se abstiene de los placeres, y los “activistas sociales”
que suelen reunirse en bares (como el Turístico de Tijuana u otros).
En cualquier tipo, vemos que el filósofo ataca directamente la voluntad
(del pensamiento y el hacer) de sí y de los otros con el no_hacer;
y talvez por ello le sea tan difícil posicionarse dentro de la comunidad
que identifica lo anti- con lo apático, negando con este adjetivo la
capacidad de acción alternativa.
La dificultad del Otro consiste en pensar a este Otro en relación a
nuestra propia identidad. Es posible que el uso de la razón consista
en pensarse a sí-mismo como Otro, como fuera de sí-mismo; en
atreverse a conocer, a caminar un poco más lejos que lo que marca nuestro
horizonte y hábito. Como nos dice Gadamer (2000): “La incapacidad
del otro es a la vez la incapacidad de uno mismo.”
Concebir al filósofo como un anti-, más allá de la mera
“rebeldía sin causa” o la “critica sin beneficio”,
como un signo que se opone a las formas legitímas (y que no por eso
son las más deseables ni mejores) equivaldría a concebir nuestra
capacidad para estar juntos pero no revueltos. Ser dentro del ámbito
social es identidad, y se define por la pertenencia como por la diferencia:
al quién soy, hay que agregarle un aquí y ahora en el que mutuamente
nos construimos; una actualidad que se define también por aquello que
no somos. No hay preconcepción que no actualicemos ya para reproducir
en nuestro todo, o para cambiarlo; siempre desde nosotros.
Pero esta decisión sólo puede advenir tras el acto de decidirse
a ser y pensar como evidencia y unidad de que vivimos. Es decir se trata de
la disposición integral resumida en una actitud:
Una actitud corresponde a la congruencia que puede existir
entre pensamiento y vida. Asumir una actitud filosófica significaría
por tanto, asumir lo múltiple y diverso de todas las esferas bio-psico-sociales
considerando su dinamismo incesante, con respeto y tolerancia. Así,
filosofar es algo que concierne a todos, aunque no todos nos dediquemos de
profesión a ello: “Por eso la conversación con el otro,
sus objeciones, o su aprobación, su comprensión y también
sus malentendidos son una especie de ampliación de nuestra individualidad
y una piedra de toque del posible acuerdo al que la razón nos invita.”
(Gadamer: 2000; 208)
Por lo anterior, la actitud filosófica en Tijuana corresponde en un
nivel importante a quienes somos filósofos en ella, pero el nivel más
importante de dicha actitud corresponde a la manera en que nos relacionamos
a la memoria histórica y el tiempo-espacio presente que compartimos
todos los habitantes. En este grado se incluye el reconocimiento (o desconocimiento)
por cada unos de sus personajes, entre ellos el filósofo; y el respeto
por su labor, así como se respeta a un contador, un taquero, un psicólogo
o un mendigo.
Si una palabra resume el carácter de la ciudad de Tijuana es <<improvisación>>.
Elegir nuestras acciones es elegir nuestras condiciones de existencia, y viceversa,
nuestras condiciones de existencia eligen nuestras acciones. De ahí
que el filósofo se sitúe en el corazón de la problemática
urbana_sociocultural de nuestra ciudad. La vivencia y la actividad producen
una narrativa social que como tal dice algo y precisa de sentido, por volátil
que este parezca o a_parezca. Toda la ciudad es una metáfora. El filósofo
es ante todo el lector de estas narrativas; un productor de sentido social,
siempre en vínculo con la subjetividad individual_colectiva.
Heterogénea y compleja, nuestra ciudad sólo puede producir filosofía
compleja y heterogénea. Por tal motivo, Tijuana es una ciudad privilegiada
para producir y alimentar la filosofía que sabe olvidarse, que sabe
devenir, que sabe perder el cause, que sabe violar los límites y jugar,
enmascararse.
Es el filosofo quien está dispuesto a experimentar el pensamiento como
un medio para ser libre, para hacer uso del dialogo que nos conlleven a crear
praxis sociales de equilibrio, convivencia y construcción humana. El
ejercicio del pensamiento por tradición se le ha designado al filósofo
de profesión, pero la actitud al respecto es una pregunta abierta que
cada época, lugar, sociedad e individuo conviene resolver ya que es
la manera de estrechar vínculos en las relaciones que día a
día establecemos entre nosotros y la manera de comprendernos en dicha
interacción, por superficial que pudiera ser.
Bibliografía:
Savater, Fernando (1985) "La filosofía y las actitudes morales" en El análisis filosófico en América Latina, Jorge J.E. Gracia, et, al (coord.), FCE, México.
Foucault, Michel (1984) Jorge Dávila (trad.) ¿Qué es la Ilustración? Francia, Magazine Littéraire.
Gadamer (2000) “La incapacidad para el dialogo” en Verdad y Método II, España, pp. 203-210.
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