
SHIRAHAMA
Por Cristina Rascón Castro
Hay una mujer en la playa. No sabemos de dónde es. A decir verdad, no importa. No sabemos cuál es la forma de sus ojos ni qué idioma le cantó canciones de cuna ni si las hubo. Podemos ver que roza tímida la piedra porosa sobre la que está sentada. Curiosa, introduce su ortejo en el agua de un mar que parece que la va a tocar y no, que la va a tocar y casi. El agua está helada. Sabemos que hay una mujer en la playa y eso no es todo. Sabemos que la mujer no habla. Los doctores han dicho que tampoco escucha. Más de una vez se le juzgó de tonta.
Pero esta mujer oye clarito el sonido de las olas estallando a sus pies en la piedra gigante y, mientras toca a su amiga inerte, sonríe. Claro, habría que aclarar en dónde sucede esta historia, habría que decir cómo llegó esta mujer a esta playa y no a otra y qué es lo que está pensando mientras toca la peña que es su confidente y no cualquier otra piedra. Sin embargo, quien esto hilvana y quien esto re-hilvana ahora leyendo vislumbran que esta mujer no tiene lengua porque ha decidido no tenerla; o supongámoslo así, ya que sabemos perfectamente que esta historia, como todo lo que nos contamos los unos a los otros, ocurre en el terreno de la imaginación… (Ah, la puta Imaginación, manoseada en su juventud por el alfarero e interminablemente por ti, bebedor en jícaras de cuento y de novela…)
Esta mujer ve directo al horizonte, donde el azul del mar y el del cielo se unen (o se separan, cómo saberlo); el sol entra y sale a su rutina por ahí, como una mascota del patio a la cocina. Mientras toca arena, piedra, espuma, recuerda que hubo quien le hablara en el idioma de sus padres y ella, o más bien la mente de ella, dijo: no entiendo. Pero la cosa es que no quería entender, porque el idioma de sus padres sólo servía para atacar y herir a las personas y ella no quería hacer eso. Hubo también quien le habló en el idioma de los doctores pero la mujer, es decir, los gestos de la mujer, dijeron: no, no. Y los doctores dijeron palabras nunca oídas y ella no les contradijo. Es tonta, decían los niños que ya sabían andar en bicicleta, los niños que daban órdenes a los más chicos. Es tonta.
Así que aprendió a platicar con las aves y con las hormigas; con la playa, ahí donde no iban turistas; con la arena, que siempre tenía regalos para ella. Las rocas afiladas eran monolitos y por la noche las luces palpitaban sobre ellos dibujando sonrisas. También el faro y la luz de los hoteles conversaban con la joven ahora mujer. También la luz tenía cosas que decir. Y las olas, ni se diga, siempre están hablando con una, siempre. Ahora mismo las escucho mientras imagino a la mujer sentada en una piedra gigante, allá donde no hay turistas - como el que cerca de mí hace yoga de cabeza-, allá donde el sonido da la vuelta y regresa y me toca.
La mujer amarra una de sus amigas al pie izquierdo, el derecho no porque es más fuerte. Ahora veo su cuerpo flotando entre las olas más pequeñas, las que tienen miedo de estamparse con fuerza. Ahora veo su cuerpo con la infante escolta de espuma aproximarse a la arena, hinchado en baja temperatura… Pero qué cosa tan poco original, ¿eh? Se mató la mujer que platicaba con las piedras y las gaviotas. Se murió de pronto y alguien se quejará de que me estoy saltando puntos: creerán los vecinos que se mató por amor, por algún hombre (tal vez el rubio extranjero que hace yoga de cabeza, dirán las mujeres mientras lavan el arroz por la mañana). Confundirán su historia con la sirena de Anderson, cuyo amor era la espuma y no el príncipe. La espuma y su vaivén eterno. . . Después de todo, esa mujerpez era del agua.
Me recuesto y la escena del pueblo entero acusándola me trastorna. Esa mujer se considera maldita por las mujeres, con lenguajes y demonios en contra de la vida, con poderes mágicos. Los niños le dan comida y las niñas le hacen trenzas en el pelo. Hasta que un día un hombre quiere poseerla y ella se niega. Ha decidido no hablar con los humanos porque no quiere a los humanos, no quiere amar ni ser amada y sin embargo. El hombre forcejea, espanta a las gaviotas, grita más que las olas. Cuando la noche llega y son pocas las luces que despiertan, el hombre acaricia y golpea. Él era casado y su mujer acusa a la muda, a la tonta ésa, de ser una puta, una farsante, una vergüenza. La escena de sus trenzas sobre los pechos sangrando, la escena de sus ojos amoratados, el pueblo entero lanzando piedras contra su cuerpo que parece uno de los monolitos: enterrado, vertical, indolente.
Después de un tiempo llegó a la peña su amiga y lloró a solas. Su cuerpo era otro, ya no le pertenencia. Está bien sola, no les necesita, pero ahora ya no está sola. El recuerdo le espina las vísceras. La mujer está cansada. Amarra una enorme piedra a su tobillo y salta. Es una especie de muelle natural, con rocas afiladas en colores miel, rojo y café, como las piedras de Los Cabos. Tal vez por eso. Antes de nacer el Pacífico éramos una sola tierra, llena de plantas y sin lengua; éramos una sola piedra afilada, bañada por sol y por salitre, como esta que ahora me acaricia, como aquella que toqué por miedo a un león marino que aplaudía hacia el bote, hacia mí y hacia un hombre inolvidable (donde lo inolvidable es algo que ya no nos acompaña).
No es difícil entender a esta mujer que niega su habla a los humanos, que platica con aves y cangrejos, con nubes y con luz. No es difícil porque también hay aquellos que hablan y que no son escuchados; aquellos que hablan y que no saben lo que dicen; aquellos que hablan y hieren a la única persona que pudiera comprenderles. No es difícil entender a esta mujer enojada con El Idioma, enconchada en un silencio, que, después de todo, nos dice algo: hay una opción, una renuncia. No es difícil si vemos como los hombres se congregan y arrojan piedras que se llaman leyes, que se llaman guerra, contra mujeres adúlteras y naciones adúlteras. No es difícil. Sobre todo, si como quien esto hilvana, se vive en un país donde incluso al hablar su lengua te rechaza, te observa con recelo, con cautela, como si trajeras un arma a punto de ser descargada. No es difícil sentir que la palabra no vale nada, que la sonrisa puede más y que la noche no hace diferencias. Por eso el viaje a Shirahama, por eso la arena blanca y el llanto a solas en el muelle. No se puede salir todos los días y enfrentar las piedras en la cara. La roca a mis pies, igual a mi otra de Los Cabos, la cuerda hacia el tobillo, primero relajada, ahora en tensión. El agua está helada, como mi cuerpo entre las olas.
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DATOS DE LA AUTORA:
Por Cristina Rascón Castro (Sonora, 1976). Autora de Hanami (UABJO, 2006), Premio Latinoamericano de Cuento Benemérito de América 2005; Cuentráficos (ISC, 2006) del Programa Editorial de Sonora y El agua está helada (ISC, 2006), Premio Libro Sonorense 2005.
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