
OPHIUCHUS
Por James Nuño
Lo que les mostrarías ¿son otras tinieblas? Entonces, déjales aquellas a que están habituados.
Zorba el griego, Nikos Kazantzakis
Cuando Apolonio llegó a casa después de un arduo día de trabajo tuvo, por primera vez, esa extraña comezón en la nuca. Eran las diez de la noche y su mujer parecía haber salido. Dejó las cosas en la mesa y, olvidando un poco el hambre, decidió abandonarse al noble acto de recostarse en el mueble mientras se ve televisión. En las noticias no había nada nuevo: robo a mano armada, secuestro en la zona norte, el circo político.
En el ensueño noticioso, Apolonio vislumbraba la imagen de su mujer: su larga melena, su sonrisa, los puntos que fungían como ojos. Sí, a veces era un poco extraña y tenía ideas estrafalarias (como aquella vez que tiró en secreto el horno de microondas sólo porque leyó en algún lugar que sus efectos podrían ser cancerígenos); pero quizá eran cosas de jóvenes –porque ella era joven- y además, esos detallitos añadían un encanto a su persona. La imagen se fue mezclando con los sonidos del televisor hasta desaparecer en una serena negrura.
Un hola, mi amor y el golpe de la puerta al cerrarse propició el abrupto despertar de Apolonio. Toda esa conversación ceremonial – el cómo estás mi vida, cómo te fue, bien y a ti, pues bien, ya sabes, la oficina, el jefe con sus desplantes y yo que salvo de nuevo el día-, obligado trámite matrimonial, terminó con un Voy a subir, te espero en la recámara. Apolonio se desperezó y volvió a poner atención en las noticias.
Estaba decidido a apagar el aparato cuando, por una secreta corazonada, supo que la siguiente nota sería algo destacable.
… Algo sorprendente es que científicos modernos han descubierto una nueva constelación: Ofiuco, que puede verse en ambos hemisferios entre los meses de abril a octubre por estar situada sobre el ecuador celeste. Aparentemente, esta constelación ya se conocía en la antigüedad cuando se formularon las reglas de la astrología, hace 3.000 años; pero no está incluida en el zodíaco debido a que, a pesar de su reconocimiento, se encontraba lejos de la elíptica. Con la precesión de los equinoccios se ha ido introduciendo entre Sagitario y Escorpio, de manera que durante la primera quincena de diciembre el Sol entra en este supuesto signo. Así que, échele cuentas allá en casa y vea si usted sigue siendo del signo con el que nació, o si no, consulte a su astrólogo más cercano…
Apolonio no pudo evitar una sonrisa. Era divertido escuchar cosas nuevas y, al mismo tiempo, confirmar su teoría de que la gente cree en cosas que en realidad no pasan; como los esotéricos que creían que haciéndose una limpia o llamando a un cerounonovecientos podrían volverse ricos de repente o encontrar el verdadero amor. Más les valdría comenzar a trabajar duro o superar su agorafobia.
De seguro dormiría con una sonrisa en la boca cuando le comentara a Dharma el pequeño detalle noticioso. Probablemente lo hablarían bajo las sábanas y la noche, sonreirían, ella haría algún comentario sarcástico que provocaría las risas de ambos –ella siempre podía hacerlo reír-, se acurrucarían y, felices, dormirían hasta mañana, para cuando todo se habría olvidado.
Una vez que hubo llegado al cuarto, dejado sus ropas y metídose en la cama, Apolonio suspiró y le comentó a Dharma, quien se encontraba en el ensueño, la curiosa nota. Ella, aún semiinconsciente, sólo contestó con un ujúm y una leve sonrisa. Apolonio se percató de ello y optó por dormir.
La paz reinaba en la habitación. Sólo se escuchaba el plácido respirar del hombre, un automóvil a lo lejos y el canto del grillo. De repente, como impulsada por un resorte, Dharma levantó la mitad de su cuerpo, sentándose, como en un despertar vampírico, y fijó la vista en el vacío. Un sudor frío le recorría la cara y la luz de luna que se colaba por el balcón le iluminaba el rostro pálido, los ojos abiertos e histéricos, mientras las palabras de Apolonio le rebotaban en la cabeza como agua hirviendo.
Al día siguiente la operación se repitió. Apolonio, al llegar a casa, se despojó de portafolio, corbata y zapatos y se sentó a ver televisión. Todo fue igual que la noche anterior, con la diferencia de que Dharma estaba en casa. Apolonio notó algo extraño en su mujer después de referirle su día, de quejarse del trabajo, del jefe, de ese imbécil de Pérez que se cree el dueño de la empresa; y es que ella, contrario a su jovialidad característica, sólo musitó algo incomprensible con la mirada perdida en alguna esquina del interminable mosaico que era el piso.
- ¿Qué te pasa?
- Nada- contestó ella secamente.
- Bueno –se aclaró la garganta-. En fin, te digo que el idiota de Pérez se la pasa diciendo que si no fuera por él, la cuenta de/
- ¡Por favor, deja de hablar! ¡Claro que me pasa algo! ¡¿Qué no ves que estoy toda angustiada?!- interrumpió ella con un salvajismo implacable, mientras Apolonio la miraba con una pasmosidad de piedra, con un desconcierto apabullante. - ¡¿Cómo puedes estar tan tranquilo después de la noticia de anoche?!
Apolonio meditó un segundo. Giraba los ojos de un lado a otro, como resolviendo mentalmente una ecuación integral, tratando de hacer memoria. ¿Sería la muchachita que mató a sus papás?, ¿el inicio de la guerra?, ¿la metida de pata del presidente? Desorientado y sin saber qué responder, tartamudeó un poco tratando de esbozar una palabra, la que fuese, por más estúpida o descontextualizada que pudiera parecer; pero era tal su turbación, que ni un dequéhablas pudo manar de su boca.
Dharma rompió en un llanto entrecortado.
- ¿Pero qué pasa?, dime -respondió al fin.
- ¿Cómo voy a creer que ni siquiera lo recuerdes? ¡Eso sólo confirma aún más las cosas! –y su desgarrador buuuaaa! salió para regarse por toda la casa.
Apolonio trató de abrazarla, pero ella seguía con la cara entre las manos que estaban cubiertas de lágrimas, haciendo pucheros y movimientos desesperados. Cuando por fin logró tomarla con ambas manos, le dijo en tono fuerte, entre comprensivo y autoritario:
- Bueno, ¡ya! ¿Vas a decirme qué es lo que te pasa?
Una vez calmada, Dharma, todavía entre sollozos y lágrimas en los labios, contestó:
- Es lo de/sniff/ lo de anoche/sniff/. Lo que me platicaste que viste ayer en la noche/sniff/en las noticias/sniff/.
- ¡Ah! – exclamó con aire triunfante, como un niño que comprende una adivinanza-. ¿Lo de la nueva constelación?
- Sí /sniff/.
- Pero, ¿qué es lo que pasa?
- ¿Ya ves? No lo entiendes./sniff/ ¡No entiendes que si lo que me dijiste resulta ser verdad, entonces tú no eres ya Escorpio… ¡eres Afeito… o comosellame!
- Ofiuco –corrigió él.
- ¡Lo que sea!
Apolonio meditó por una fracción de segundo. Ella tenía razón (como casi siempre). Haciendo cuentas, él, nacido en la primera quincena de diciembre, pertenecía al signo de Escorpio. Sin embargo, no encontraba cuál era la tragedia en todo aquello (como casi siempre). La vio a los ojos, con aire de duda, esperando a que ella continuara y se explicase.
- Bien. Ya estoy más calmada – dio un suspiro que la llenó de valentía, y continuó.- Polo, tienes que caer en cuenta. ¡El hecho de que tú y yo estemos juntos no es mera coincidencia! Si hemos llevado un matrimonio estable y feliz es porque estábamos destinados desde un principio a estar juntos.
Ambos callaron por un breve lapso. Por una parte, él trataba de comprender su punto, de asimilar las extravagancias de la mujer que tanto amaba, al mismo tiempo que buscaba las palabras adecuadas para calmarla e intentar ser la parte racional. Por su parte, Dharma trataba de organizar sus pensamientos. Estaba indecisa a continuar con la fantástica explicación del porqué su amor era lo que era, pues existía el riesgo de que Apolonio no la entendiera e hiciese burla de sus creencias (como casi siempre), alegándole que no debía de creer en eso, que estaba loca, para finalmente abandonarla, quizá con un puntapié en el trasero, mientras salía de su casa gritando que su esposa era una estúpida, una loca, una sacrílega ilusa, y la gente comenzaría a arrojarle pañales sucios y cabecitas de pescado… todo esto, claro, mientras su casa comenzaba a incendiarse por una vela amarilla que había encendido la noche anterior para que el negocio de los masajes repuntara. No obstante, por su bien mutuo (y por aquello del karma), se veía obligada a continuar.
- Sabes que yo soy Piscis…
- Claro.
- ¡Cállate! Déjame terminar –tras una breve pausa y retomando la compostura, continuó-. Bien, como buen Piscis, mi espíritu es soñador y creativo. Soy del signo de la sensibilidad y la receptividad, un auténtico camaleón capaz de mutar y ser infinitamente complejo. Como estoy regida por Neptuno, mi punto fuerte es mi naturaleza altruista y empática; aunque también puedo tener una voluntad débil y ser una persona pasiva e indecisa. Ahora bien, yo te conocí como un Escorpio y llenabas completamente el perfil: intenso, tenaz y apasionado. Gracias a la influencia de Plutón, puedes habilitar y canalizar emociones fuertes, muy características de ti, basándote en tu disciplina y determinación. Cosas que, definitivamente, te admiro y envidio un poco.
Apolonio volteó a verla un poco extrañado, como exigiéndole con la mirada que llegara a la conclusión de la tesis fatalista.
- ¡¿Es que no lo entiendes?! – preguntó encolerizada, al tiempo que Apolonio meneaba la cabeza un tanto asustado-. ¡Se suponía que tú y yo teníamos una afinidad recíproca que rara vez se encuentra en el zodíaco! ¡Que podíamos dedicarnos el uno al otro en cuerpo y alma! ¡Que nuestro amor era erótico y a la vez único! Sé que hemos tenido nuestras diferencias, pero no puedes negar que funcionaban como engranes que hacían marchar mejor nuestra máquina. ¡Sí, ya sé que no es la mejor analogía, pero es la única que se me ocurre! Y ahora resulta que todo en lo que creí era una suposición, que me finqué en una ilusión y ahora eres un Ofiuco y no sé si seamos compatibles y… - y de nuevo comenzó el balbuceo del llanto desesperado, mientras Apolonio, todavía desconcertado, trataba de calmarla, abrazarla contra su pecho y acariciarle el cabello, como cuando se trata de consolar a un chiquillo.
- Tranquilízate ya, Dhar- dijo lo más serena y dulcemente posible.- Veme a la cara. Sí, estoy consciente de que tenemos ideologías diferentes, de que, incluso, toda nuestra vida había sido radicalmente opuesta hasta antes de conocernos; que si no hubiera sido por la casualidad, ninguno de los dos tendría consciencia del otro. Sin embargo, aquí estamos. Te conocí en el momento exacto y preciso. Me has hecho un hombre muy feliz porque te amo y me amas y amas lo que haces y lo que eres. Si vivíamos tan felices antes de que supiéramos este hecho, ¿habría cambiado algo de no saberlo? Sé que crees en lo que nos depara el destino y las estrellas, y que nuestra situación estaba escrita allá arriba; pero a mí me gusta creer que un día nos conocimos, nos enamoramos y cada día trabajamos duro, a veces demasiado, para mantener ese amor vivo.
La pareja se vio a los ojos y, por un momento (como hacía tanto no pasaba), no pensaron en nada. Las lágrimas de Dharma finalmente cesaron. En los ojos que la veían, apreció la convicción que su marido había impreso en aquellas palabras. Se besaron y fueron a la cama abrazados como en la primera noche, hacía ya un par de años.
Tal vez Polo tiene razón. Tal vez yo estoy exagerando y me ahogo en un vaso de agua. De todas formas, los horóscopos no siempre son correctos. Como aquella vez en que decía que a mí me iba a ir súper bien, que me iban a ascender en la empresa y ganaría una millonada. ¡Patrañas! ¡Yo tenía ocho años y mi papá era desempleado! Quizá sí estoy perdiendo mi tiempo con esto de las predicciones. Ya me lo ha dicho Polo varias veces, que son creencias antiguas que carecen de fundamento científico; que está bien que me aferre a algo pero que no deje que se apodere de mi forma de vivir. Pero no me va a negar que a veces suceden cosas extraordinarias. Como el día en que los astros me deparaban suerte en el dinero, y en la calle, en la banqueta de una avenida, estaba un billete de doscientos resplandeciente, como esperándome. Lo que sí es que, ahora que lo pienso, Polo me conquistó a pesar de no cumplir completamente con el perfil del Escorpio. Sí es tenaz y todo, pero no es tan enérgico como debería. Llena algunas características esenciales, como el ser apasionado y de más, pero hay veces en que… Tal vez es porque está más influido por su ascendente. No lo sé, tendría que hacer bien mis cuentas. Sea como sea, me encanta su forma de ser. Después de todo, me casé con él, ¿no? Y, si no fuese suficiente con el solo amor, mi astróloga me dijo que mi matrimonio funcionaría como reloj… aunque, realmente, no comprendo del todo esa metáfora. Luego le preguntaré a Polo… Polo… me quiere… lo vi… lo sentí… ¡¿Qué importa si yo he creído que es de un signo cuando, en realidad, pertenece a otro?! Si Julieta anda con un Virgo, ¿qué hay de malo en que yo esté con un Ofiuco? Sí… va a estar todo bien…
Pasaron un par de días y el fin de semana llegó. El tiempo era bueno y la calma parecía haberse restituido en la casa de Apolonio. De cuando en cuando, él recordaba cómo había manejado aquella crisis de Ofiuco: sentía que se había portado a la altura de la situación, que por primera vez había tenido la razón en algo sin que su mujer tratara de refutarlo o de actuar de forma contraria sólo para irritarlo y comprobar que tenía la razón, aunque esto significara comenzar una batalla campal carente de sentido, donde, al final, se terminaba por olvidar el motivo inicial de la pelea. Había comenzado a pensar que quizá, después de esto, ella lo escucharía más a menudo y dejaría un poco esas creencias fútiles y poco prácticas. Quizá hasta podría hacer que estudiara alguna carrera de verdad, una de esas que dejan dinero y que ayudan al hombre a administrar mejor los gastos. Quizá conseguiría empleo en una corporación importante y hasta le podría conseguir una cuenta multinacional. Y después… después, quién sabe, se abriría Polo&Dharma Asociados. ¡Imagina lo que podríamos hacer!
Sin embargo, había algo que no terminaba de cuadrarle. De alguna manera, sabía que la calma que aparentemente reinaba en su casa era la que se posa antes de la tormenta. La comezón en la nuca era, probablemente, señal de que el fluir natural de las cosas que él conocía se vería desbalanceado, violentado por un rayo o una serpiente que se filtraría en su hogar y terminaría con todo lo que se conoce. Quizá era sólo un mal presentimiento, producto de la nueva actitud de su mujer.
Dharma se había vuelto un poco más reservada. Seguía sonriente y cariñosa con él, eso ni dudarlo. Empero, había algo fuera de contexto. Sus ojos, quizá. Y es que, lo que la caracterizaba era su mirada desorbitada, como la de un recién nacido que está siempre en busca de cosas nuevas, que va (re)descubriendo el mundo que se le pone enfrente, viendo detalles que la vez anterior no había visto. La antigua mirada de Dharma tenía aquella creatividad que encantaba a Apolonio -y no sólo a él-, pues, si bien parecía estar perdida, era sólo porque se encontraba en un plano distinto al de la normalidad, se hallaba en otra dimensión inventando colores y olores, deformando palabras y reescribiendo mentalmente historias en las que ella y Polo eran los protagonistas y siempre tenían un final feliz. Ahora su mirada se había vuelto fija, opaca y habituada al mundo. Cuando alguien le llamaba, ella atendía con prontitud. En el trabajo, había resuelto a ser lo más formal posible, al punto de adquirir una agenda y programar todas sus salidas y sus clientes. Incluso su ropero y el cajón de los calcetines, que antes desesperaban tanto a Apolonio, eran ya un digno ejemplo para el más fino catálogo de ventas. Dharma seguía siendo la misma, pero, en ciertos detalles, estaba irreconocible.
Cuando Apolonio llegó a casa después de un arduo día de trabajo tuvo, de nuevo, esa extraña sensación de comezón en la nuca. Eran las diez de la noche y se encontraba solo, ya que Dharma, después de pensarlo mucho, se había decidido por fin a aceptar un trabajo en una ciudad a no más de seis horas, pero que requería sus servicios durante tres días. La oferta de ese trabajo venía dándose cada tres meses desde hacía unos dos años, pues el prestigio de Dharma como masajista iba en aumento y los ejecutivos deseaban relajarse en sus estresantes congresos. No obstante, ella prefería mantenerse al margen de dichos acontecimientos capitalistas, pues, según decía, contaminarían toda su estructura laboral y quién sabe cuánto tiempo tardaría en limpiarse de toda la basura corporativa. Pero después del acontecimiento de hace una semana, decidió finalmente hacer a un lado los prejuicios esotéricos y darle una oportunidad a la llegada extra de dinero que tanto le sugería Polo.
Era raro para Apolonio llegar a casa y saber que su mujer no se encontraría cerca sino hasta dentro de tres días. Estaba bien que se decidiera a romper las barreras de los prejuicios, a dejar atrás las ideas sin fundamento que la tenían encarcelada; pero, aun así, él sentía una especie de vacío, un dolor en las rodillas que, seguramente, eran producto de una mala corazonada o del desajuste de una rutina de cuatro años bien establecida.
Para dejar atrás sus cavilaciones pesimistas, decidió encender el televisor. El noticiero no había cambiado en lo absoluto; la nota roja seguía siendo la protagonista: el robo a mano armada, el asesinato de algún funcionario, el abandono de algún recién nacido. Las palabras del conductor se hacían cada vez más sosas, más vacuas, al nivel de producirle una ensoñación que difícilmente podría concebir desde el lecho materno. De alguna manera, todo este desbarajuste social le producía una sensación cotidiana.
Una vez sumergido en la arenosidad del ensueño, Apolonió recordaría, de nuevo, la constitución de su mujer; sólo que ahora de manera fragmentada, como un rompecabezas donde la pieza importante, la medular, hacía falta en la caja. La sonrisa, los ojos, las piernas, los pechos y el vientre se desdibujaban en su memoria, para formar a una mujer híbrida, como en los sueños donde uno sabe quién es la otra persona aunque sea completamente distinta al modelo real. Apolonio hurgaba en sus facciones, husmeaba en su vientre tratando de reconocer el olor característico; pero, cuando parecía lograrlo, el aroma se escapaba de entre sus aletas nasales, huía para meterse en quiensabedónde y presentarse de nuevo para volver a fugarse. Era un juego infantil que comenzaba a desesperarlo. De pronto, la imagen de esa mujer desapareció junto con todas sus características, para dejarlo en un oscurecimiento total, de donde, como un eco lejano, vendría a su mente la imagen sonora de un texto redactado hacía ya mucho tiempo, quizá diez años o más. El texto se refería a un antiguo bosquejo de artículo, cuando quería volverse un intelectual, una pequeña colaboración que saldría en un número especial de Conozca más o Muy interesante (de hecho, él nunca llegaría a verlo impreso). En el texto, Apolonio planteaba las bases de todo aquello en lo que creía en ese momento y que lo había formado como la persona racional que era: un apotegma del raciocinio, un vapuleo a los mitos y creencias que atrofiaban el avance social. De alguna manera, sin saber bien el porqué, pequeños fragmentos específicos pasaban como trenes furiosos a través de su memoria, torturándolo, asfixiándolo, martillándolo…
Cuando Apolonio, alterado, despertó, el rostro se le deshacía en sudor, los ojos casi salían de sus cuencas y el televisor era la única luz en toda la casa. Un poco más calmado, se dispuso a respirar con más parsimonia, mientras la televisión cumplía con el noble propósito de entretenerle.
… seguramente recordarán la nota que dimos hace una semana acerca de una nueva constelación llamada Ofiuco. Bien, para quienes no lo recuerden del todo, de acuerdo con la sociedad astronómica Urania del estado de Morelos, esta constelación no fue tomada en cuenta desde la antigüedad, debido probablemente a que a lo largo del año tienen lugar 12 lunas llenas (en las que se divide la duración del año), o al hecho de que en las divisiones originales de las constelaciones zodiacales no se incluían a las estrellas de Ofiuco. En teoría, aquellos que nacieron dentro de este margen de días deberían ser Ofiucos, sin embargo no lo saben. Ahora bien, la razón por la cual hemos retomado la nota, es sólo por el hecho curioso de que el caso de Ofiuco no es un hecho aislado, puesto que al igual que éste, Cetus también atraviesa la elíptica en la actualidad, pero en este caso entre Piscis y Aries. Teniendo en cuenta que no existe ningún organismo regulador, prácticamente no hay forma de ajustar los cambios al horóscopo, según afirman practicantes de la astrología. Lo que pasa es que al tratarse de una creencia muy antigua, sus reglas no contemplan los cambios que ha sufrido la astronomía a lo largo del tiempo, como el descubrimiento de los planetas exteriores del Sistema Solar, la precesión, los nuevos objetos, o los supuestos nuevos signos como Ofiuco y Cetus…
El frío sacudió el cuerpo de Apolonio. Por un momento permaneció pasmado, mirando al vacío, apagando el televisor. Después de un lapso considerable, se recostó en el mueble con la mente y la mirada perdidas.
¿Será posible que algo tan baladí, tan insignificante me esté molestando? No puede ser que hace unos días haya estado regañando a Dharma por tener los pensamientos que me acosan en este preciso momento. ¿Qué pasa con la lógica? De repente siento que el piso se está moviendo y no sé de dónde asirme. Quizá estoy exagerando. Lo que pasa es que tanto hemos hablado del tema y estos idiotas del noticiero repiten tanto estas cosas que, por desgracia, ha terminado por afectarme, he terminado por sugestionarme y ya considero la posibilidad de que los astros, en realidad, tengan qué ver con nuestro desempeño, con nuestro destino. Bueno, la verdad es que yo me siento igual, no creo que el que ya sea considerado como un Ofiuco haya afectado en lo más mínimo mi esencia. Pero Dharma... ésa es otra historia. Me resisto a creerlo, pero he de admitir que desde hace unos días se ha estado comportando de manera extraña. Sigue siendo la misma, sí; pero hay algo en ella que no logro reconocer, como si hubiera cambiado de forma misteriosa, como un encantamiento o una posesión maléfica. Quizá estoy exagerando. Quizá es sólo mi imaginación. Quizá lo que yo creo como una tragedia es sólo la manifestación de un mejor raciocinio. Pero… ¿y si no fuera así? ¿Y si en verdad fuera por obra de los astros, de la elíptica cambiante, que se han visto cambios en su comportamiento? Dharma ha estado extraña, ya no veo ese brillo en sus ojos, ya no hace las cosas como antes, ya, incluso, come comida chatarra…. No, algo definitivamente no está bien…
La playa estaba desierta, apacible. Un sol verde y sereno se encontraba a lo lejos. El mar se movía lentamente, con olas apenas perceptibles. Apolonio permanecía sentado, contemplando el paisaje. Una gran ballena emergió en el horizonte, luchando contra algo que no podía percibirse del todo. El sol fue cayendo poco a poco hasta disolverse en las profundidades marinas. El agua, verdosa ya, se embestía contra el cielo oscuro y la arena gracias a los bruscos movimientos de la ballena. Súbitamente, ésta desapareció dejando de nuevo la sensación de una fugaz y falsa calma. Apolonio estaba aterrado. Sabía que algo malo pasaría, que, en cualquier momento, la tierra podría abrirse bajo sus pies o una estrella descender bruscamente hasta abrirle un hoyo en la cabeza. Como un grito en la oscuridad, la ballena emergió de forma furtiva, saltando cinco o diez metros por sobre el agua, para aterrizar estrepitosamente en la playa. Apolonio, aún temeroso, se acercó a la ballena y, conforme se aproximaba, ésta iba perdiendo sus dimensiones, hasta tener el tamaño de un bebé. Una vez situado a un lado del cetáceo, trató de alzarlo pero el animal era exageradamente pesado. Sólo logró voltearlo. Al hacerlo, una serpiente saltó sorpresivamente, envolviéndolo y clavándole sus colmillos en la nuca. Apolonio cayó aturdido, de rodillas, con los brazos extendidos y la cara al sol. Ya no pudo moverse. La mordida comenzó a provocar una sensación de cosquilleo insoportable y la piel de la cabeza comenzó a voltearse, seguida de la del dorso, manos, vientre y piernas. Venas, arterias, músculos: todo su interior estaba expuesto a los cuatro vientos. Sus ojos también comenzaron a voltearse hacía adentro. Apolonio trataba de gritar, pero sus alaridos hacían eco en su interior, golpeándolo en todo su ser. Por fin, sus ojos se voltearon hacia adentro por completo, y lo único que podía ver era una luz blanca y lechosa. La luz le dolía. La luz le dolía.
Apolonio despertó horrorizado y bañado en sudor. La estática del televisor iluminaba su rostro empapado y sus ojos perdidos. Volteo a todos lados, como buscando una respuesta, algo a qué asirse. Sólo pudo ver el teléfono iluminado por el reflejo televisivo.
Habían pasado tres días. Dharma estaba a punto de entrar en su casa. Durante el trayecto de regreso había digerido cada vez más el asunto de los horóscopos. Sentía que le había afectado de manera positiva. El viaje del que ahora regresaba y al que hacía tiempo se negaba, le había cambiado la perspectiva de las cosas. Ahora se sentía más relajada, en el sentido existencial. Ya no estaba tan preocupada por lo que vendría en un futuro o seguir al pie de la letra las indicaciones esotéricas. Se había olvidado un poco de comportarse como las revistas especializadas dictaban. Y el futuro… el futuro se lo estaba labrando ella, con los ejecutivos que la recomendarían y ensancharían las arcas laborales. Ahora todo parecía un poco menos complicado y, de entre el arduo trabajo manual que se avecinaba, podía encontrar un respiro liberador, pues, estaba segura ya, todo dependería de ella y sólo de ella. Estaba ansiosa por trazar nuevos planes con Apolonio, aunque quizá debería esperar hasta mañana, pues era tarde y seguramente su esposo estaría dormido.
Cuando abrió la puerta, un olor a incienso le golpeó los pulmones. En la casa reinaba el silencio y la oscuridad. A lo lejos, en la sala, el televisor estaba encendido, iluminando con su estática un parte de la habitación. Caminó despacio, como sospechando una catástrofe. Llamó a su esposo, pero no consiguió respuesta, sólo una leve respiración oculta, continua e histérica. Tropezó con el teléfono que yacía descolgado en el suelo. Levantó el auricular y una voz desesperada decía Bueno, bueno, señor, ¿está bien? Ya van quince minutos y usted no me ha dicho cuál es su problema, no me ha dicho nada, recuerde que son quince pesos el minuto. Dharma, preocupada, colgó el auricular, puso el teléfono en su lugar y buscó desesperada a su esposo. Quizá, pensó, habría sucedido lo peor. Con lágrimas en los ojos, lo llamó y buscó por toda la casa sin conseguir respuesta; hasta que llegó al estudio. Apolonio, en una esquina, refugiado tras el librero, yacía en una temblorosa posición fetal. Dharma se precipitó a abrazarlo, besarlo y cuestionarlo entrecortadamente sobre qué había sucedido. Apolonio parecía no escucharle. Incluso, parecía no haberse dado cuenta de que ella estaba ahí. Seguía impasible, empapado en su sudor, con la mirada perdida e histérica. Tuvo que sacudirlo para hacerlo reaccionar un poco. Apolonio levantó la cabeza y, al darse cuenta de quién se trataba, hizo una mueca de horror y rápidamente se levantó para dirigirse a la sala, mientras ella, confundida y con el llanto a punto de estallarle en el pecho, fue tras él. Apolonio tomó de nuevo el teléfono y marcó de forma desesperada.
- ¡¿Pero a quién vas a llamar?! ¡¿Qué es lo que pasa, Polo?!
- ¿Madame Zazú? – preguntó él dirigiéndose al auricular.
- ¡¿Qué?! – gritó ella histéricamente arrancándole el aparato de las mano.
- ¡Déjame! ¡Déjame en paz, ballena del demonio! –gritó acusándola con el índice y caminando hacía atrás.
En su intento de fuga, Apolonio perdió el equilibrio y cayó de espaldas al tropezar con otro mueble. Dharma, aún turbada y un poco molesta por el insulto recibido, se precipitó a arrinconarlo y sacarle la explicación de semejante embrollo. Él se sintió acorralado y su rostro, que era parcialmente iluminado por la luz del televisor, tenía un aspecto de animal asustado.
- ¡Polo! ¡Reacciona, maldición! ¡¿Qué diablos te pasa?!
- Yo… yo… – no pudo terminar la frase porque el balbuceo del llanto interrumpió su discurso.
Dharma dejó la sensación del espanto por la del ridículo. ¿Qué pasaba ahí? ¿Por qué sentía que eso había pasado ya? Se sentía ridícula tratando de entablar una conversación dentro de la farsa que su esposo estaba representando. La molestia comenzó a invadirla.
- ¡Déjate de tonterías! ¡¿Vas a decirme qué diablos te pasa o no?!
Apolonio se calmó de golpe, ésta era una reacción que no esperaba de su esposa. Sorprendido y confuso trató de contestarle algo coherente.
- No sé… los psíquicos de Walter tenían razón. Ésta iba a ser una semana agitada, llena de emociones cambiantes. Aunque no sé si sea válido, ¡porque soy Ofiuco y no Escorpio!¡Y tú eres Cetus, no Piscis!
- ¡¿Qué?! –dijo ella, mientras de golpe se separaba de su esposo, como golpeada por sus palabras.
- Sí, en las noticias dijeron que el caso de Ofiuco no era único, sino que también el de Cetus era parecido… y resulta que cae por tu cumpleaños.
Dharma se sentó a su lado. La noticia parecía haberle afectado al grado de transportarla a un mutismo sepulcral. Apolonio se hubiese dado cuenta de ello, de no ser porque se encontraba en el mismo estado. Pasaron así largo rato, hasta que la imagen de las millones de moscas que volaban por la pantalla del televisor, cambió por una de unas barras de colores y un pitido constante.
¿Era tan grave el asunto? Quizá sí; puesto que de nuevo la balanza se desajustaba y ya no sólo el problema le concernía a él, sino que ahora le afectaba directamente a ella también. Cambiaba toda la perspectiva de su vida. O quizá no, ya que, por otra parte, habían superado la primera crisis y pudiera ser sólo un parteaguas para superar las siguientes. Aunque, retomando los hechos, ella había cambiado hace no mucho; se sentía, en momentos, como otra persona. Todo era muy confuso. Quizá era una señal para alejarse, para saber que no tienen nada que ver el uno con el otro, que era mejor decirse un adiós amistoso y seguir cada quien con su nueva vida. Eso era una posibilidad. O quizá…
Estaban cansados y se sentían un tanto derrotados; incluso ya indiferentes al futuro o al pasado. Las neuronas estaban adormecidas y ya no querían pensar en su provenir.
Dharma, por fin, después de pensarlo demasiado, hizo el intento por romper el silencio.
- Y, entonces…- dijo, como con duda de lo que iba a decir- ¿has estado llamando a las líneas psíquicas?
Apolonio suspiró, sacudió la cabeza, como para quitarse la pesadez de sus pensamientos y contestó afirmativamente, sin emitir un solo sonido. Después dijo A seis, por lo menos.
Voltearon a verse. Una pequeña risa salió de los labios de ella, para después ir a arremolinarse en los labios de Apolo y comenzar así un estallido de una loca carcajada que se impregnó en toda la habitación. Pequeñas lágrimas salieron de sus ojos. Después, con la calma restituida, volvieron a verse. Había tantas cosas en ambas miradas: luces de todos colores mezcladas, olores de sabores dulces retozaban en sus pupilas, como queriendo unirse a las del otro. De nuevo, una leve sonrisa salió de sus labios mientras se tomaban de la mano. La señal del televisor fue restablecida. El himno nacional se escuchó seguido de la introducción del noticiero matutino.
… Muy buenos días, estimados televidentes. Les damos la bienvenida todo el equipo de producción, deseando que se encuentre muy bien de salud. Comenzamos, pues, con las noticias, para que usted esté bien informado…
Apolonio se levantó apresuradamente y se dirigió con una carrera entrecortada hacia el aparato. Lo tomó por la parte superior y, de un solo tirón, lo estrelló contra el suelo.
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