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SMITAK*

 

Por Roberto Contreras

 

Mi nombre es Jiri Smitak, tengo 31 años, de nacionalidad checa. Llegué a Chile el 09 de febrero del 2005. Me embarqué desde Santiago en un vuelo hasta Punta Arenas. Desde ahí me dirigí a Puerto Natales y luego tracé destino al Parque Nacional Torres del Paine. Hoy se me acusa de haber quemado el Parque. Y en cierto sentido es así. Mi imprudencia ocasionó un incendio que el jueves 17 de febrero alrededor de las 14:00 horas (17:00 GTM), en el sector de Laguna Azul consumió en pocas horas la extensión que abarcaba mi vista. Por eso se me culpa. Un error reducido a la suma de 162 euros. Mi nombre es Jiri, un apelativo que en mi país resulta tan común como podría ser Juan o Luis o Sebastián. Pero en Chile significa fuego. Yo soy el fuego. Yo soy el que quema. Soy el que hace arder. El que ha incendiado el bosque. Lengas, ñirres, coigües, el alerce andino. La estepa, los pastizales de alrededor. Toda la floresta. Flora y fauna he quemado. Ñandúes, pudues, zorros, aguiluchos, todas esas muertes. 15.000 hectáreas a la redonda barridas por la furia de las llamas. Yo soy el fuego. Mi nombre es Jiri y en Chile no soy nadie. Apenas las partículas elementales de un hombre hoy hecho trizas.

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            Llegué a Punta Arenas sólo con lo indispensable: mochila, cortavientos y zapatos de montaña. Lo demás lo conseguí en una tienda de camping: carpa, saco de dormir, cocinilla, hacha, cuerdas. Un cilindro de gas: Butano 70% - Propano 30%. Allí compré artículos de montaña, a un precio alto que no dudé en pagar. Porque quería escalar. Quería llegar a la cima. Quería estar por sobre las especies. Y esa era mi inversión. Pensaba tocar el cielo, ascender y rasgar con mis manos, cual piedra filosa las nubes en las alturas. Quería cortar el viento. ¿Y qué conseguí?
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La primera noche pernocté en la Hostería del Parque. Comí queso, bebí leche, más tarde café y antes de dormir, fumando un cigarrillo hasta tiznar mis uñas, pensé profundamente en Nijka. Al rato me dormí. Esa noche soñé con un gran prado, con una inmensa campiña. Un campo abierto que, ahora en el recuerdo, me hace volver al pavor. Me retorna al miedo. A mi fobia a los espacios abiertos. “Agorafobia”, dijeron los especialistas, diagnosticando la secuela de una larga niñez de encierro. Una infancia entre cuatro paredes. Veranos con el sol en la ventana, como una promesa de ardiente agresión sobre mi tez, mi blanca piel, nívea, albina, como el papel atroz sobre el que escribo. Un pasado distante, hoy lejano, suspendido en la superficie de mi memoria. Un lugar imposible de visitar sino en los sueños.
Soñé con un espacio fuera de mis ojos, despoblado, abriéndose como un abanico de luces. Cruzando, como se avanza por un espejismo, los límites de mi pequeña realidad. Pensé en ese miedo y en el alivio, creo, de haberme recuperado. Recordé las sesiones, las visitas al mar, en mis primeras escaladas. Recordé los Alpes, los Cárpatos, el borde de los Pirineos, el Cáucaso y los Apeninos. También en mi anhelo de conocer los Andes que antes viera en un souvenir, en un curioso regalo de mi hermano Pavel, de manos de un chileno trotamundos. Nunca pude olvidar la imagen de los Andes dibujados en esos cerillos. Luego vi la cordillera desde el avión y lo comenté a mi acompañante, pero él no supo confirmarme si todavía fabricaban esos “fósforos”, acotó, porque volvía después de quince años en la Península a quedarse en su tierra. Dijo que él así recordaba aún la cordillera de los Andes: portentosa, omnipresente, delineada en sus contornos, aunque también encerrada como en una caja de fósforos. Una caja que, por más que sirviera para guardar cerillos, parecía haber escondido el país. Tampoco pude contradecirlo. No conocía Chile, nunca había visto los Andes y desde entonces empecé a desear esos palitos inflamables.

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El incendio fue casual, como sólo se nos viene la muerte. Todo incendio es un accidente, hasta que no se prueba lo contrario. Y ahora dicen que era su infierno tan temido ver que el fuego consumiera por completo el Parque. Mas yo sé que no es verdad. Porque ya antes el robo, la usura, las prebendas, el business de los suelos y los bosques nativos, había hecho su propia siega. Para instalar pinos desechables, consumibles como chips, como mondadientes, como lápices o papel secante donde contener las lágrimas, el sudor, la savia desaparecida. Olvidados de que el bosque fue su hogar. Y sin embargo, yo soy el fuego. Donde antes hubo vida, ha venido existiendo un nuevo valor pactado con las cifras, con las firmas, los dólares, la raza aria y el nuevo turismo de elite. Outdoors, tracking, montain bike. Homo sapiens turisticus, go home. Hombres en la aventura. En la aventura de seguir pareciendo hombres. Tierra del fuego. Tierra de matanzas. Hoy el infierno tan temido nos consume en cuerpo y alma.

 

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Parques de atractivo segmentado. Senderos, cuencas, cimas y quebradas donde la imaginación funde su tiempo con una naturaleza de verde profundo. Deep forest. Sotobosque. Musgos, líquenes, helechos, acantilados, riveras, hielos. Todo el camino por delante. Sentir el mundo a los pies. El camino que recorro es la ruta que me lleva donde nadie antes ha ido. El mito de las tierras vírgenes. La mentira de la conservación. Lo falso de convertir el Sur en los pulmones protegidos, nidos de la pureza, para un hombre que no es sólo un lobo para el hombre. ¿Quiénes son las bestias? ¿Cuál es la zona que delimita lo salvaje y la civilización? ¿Cómo distinguir entre quienes protegen y los que destruyen todo a su paso? Infierno y condenación. El sonido y la furia. Luna roja como un espejo de magma inyectándose en los ojos. Yo soy el fuego, dicen.

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Una broma de mal gusto para quienes viven la aventura de internarse ansiosos en un derrotero con fin en una pared de árboles, cortando en un río torrentoso, en un profundo despeñadero desde donde nadie vuelve con vida, sin ser valiente o suicida o simplemente desquiciado. Mezcla de deseo y endorfinas. La reiteración del safari en el tiempo, descrito por el viejo Bradbury, tras las huellas de un dinosaurio pronto a desaparecer, a quien incrustarle sendos plomos, y luego que la historia continúe inmutable, no salirse del sendero, avanzar solo por la superficie dispuesta para caminar, sin alterar el medio ambiente, no salirse del sendero. No cazar. No encender fuego.

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Conecte y desconecte el balón en un recinto ventilado y lejos de fuentes de ignición, asegurándose que la válvula esté completamente cerrada. Mantenga en posición vertical mientras conecta o desconecta el balón.
El balón se ensambla a una válvula de seguridad autosellante que permite una rápida y segura instalación.
No dejar al alcance de los niños ni dirigir hacia alguna persona para evitar inhalaciones.
El balón se debe guardar desconectado del artefacto.
Para transportar en vehículo, asegúrelo en un lugar protegido y sin calor evitando que el sol le dé directamente.
Mantener en lugar fresco y seco, evitando exponerlo a temperaturas superiores a 50º C.

 

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Para ser justo con la desgracia, diré que la noche anterior al siniestro, tuve un sueño intranquilo. Soñé que la nieve ardía. Soñé con fuertes lluvias. Soñé tormentas y en medio, justo en medio de un verdadero mar arrebatado, también asomaron briznas, chispas, un serpenteo de luces encendidas ganando espacio al mismo tiempo de descubrirlas. Luego fueron las lenguas de fuego, sí, un fuego de largas lenguas tomándose el horizonte. Fue un sueño extraño, raro, como casi todos los sueños.
Cuando desperté, ni el bosque ni la llanura ni la montaña ni el lago ni mucho menos el dinosaurio, estaban allí. Todo se había extinguido. Como una ciudad devastada, como Praga bombardeada, como ardientes planicies tuteladas por un Sol estático, mirándonos desde un inmenso cielo rojo. Abierto ojo de fuego. Vi mareas como calderas. Vi llamas cayendo del cielo. Llamas subiendo. Todo el fuego en mis retinas. Un reguero de pólvora avanzando a la velocidad con que se viene la muerte. Un camino incandescente donde nadie más podrá internarse. Nunca más.

 

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Mi nombre es Jiri Smitak, soy checo, y no sé que hago aquí, perdido en la Patagonia. Sólo soy un ente, también polvo de cenizas, a la espera de otro estado, como quien cuida sin saberlo una bomba de tiempo entre sus manos. Un hombre que espera, en lo oscuro de las sombras, en el mudo corazón del bosque, unos vientos alisios que lleguen a buscarlo. Y entonces me lleven, me arrastren, me devuelvan a las tierras desde donde nunca
debí partir. Y salir desde aquí, donde nadie me conoce.

 

* Fragmento perteneciente a Recién me dijiste otra cosa (libro inédito)

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