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APARICIÓN Y DESAPARICIÓN DEL HEDONISMO EN LA HISTORIA DE LA FILOSOFÍA

Por Felipe Lee

1. Aparición
Si bien esta no es una investigación histórica del hedonismo, es necesario hacer alguna mención de la antigua Grecia, puesto que es ahí donde surgió y quedó definida para la posteridad esta cuestión. La preocupación por el tema del placer aparece en la época socrática de la filosofía. Antes, en los filósofos llamados presocráticos, sólo se encuentran algunas referencias incidentales: “With the possible exception of Democritus, no Greek writer before Plato seems to have made pleasure a central topic for discussion.”1 Que el tema del placer, su papel en la vida de la polis, haya aparecido en la época socrática indica hasta qué punto está ligado a la historia misma de la filosofía.

Aquella frase de A. N. Whitehead acerca de que la historia de la filosofía se reduce a las anotaciones hechas en los márgenes de la obra de Platón puede parecer exagerada pero encierra una gran verdad, la verdad de una tradición, un lenguaje, una racionalidad, una misma preocupación a lo largo de más de dos mil años. Heidegger también consideró toda la tradición filosófica occidental como platonismo. Esta tradición podría recibir el paradójico nombre que acuñara Octavio Paz: tradición de la ruptura. En efecto, casi todo filósofo está poseído por un deseo de ir más allá, de inaugurar una nueva edad de oro de la filosofía, compadeciéndose del extravío de sus antecesores. El mismo Heidegger hace su entrada triunfal en el escenario filosófico proponiendo “la destrucción de la historia de la ontología”, “de aquí pa’ delante”, como dice la gente. Mas la filosofía es un destino cruel. Este destino quiere que todo nuevo filósofo se haga viejo persiguiendo la vana ilusión de ser diferente. Todo nuevo filósofo termina convirtiéndose en otro filósofo más. El misterioso tiempo de la filosofía como un cronos digiere a sus hijos y los convierte en su propia sustancia.

Tanto el hedonismo como el tema del placer forman parte de la tradición filosófica. Desde Platón, rematando con Aristóteles, se establecieron el método, las formas, los argumentos, las posturas en torno al lugar mismo del hedonismo y el placer en la vida de los humanos. Aquí reside, precisamente, la importancia de voltear a ver a estas lejanas centurias: se entiende mejor lo que posteriormente hicieron los filósofos. También es importante porque sólo “repitiendo” la cuestión se puede hacer una aportación significativa. En efecto, aquí se volverá a intentar hacer una ampliación de la cuestión del placer y el hedonismo partiendo de lo que la tradición ha construido. Así, placer y política, placer y saber, placer y virtud, la definición misma de placer, volverán a ser discutidos en esta tesis.

Para no caer en exageraciones o discursos estridentes se evitará presentar a los socráticos mayores como enemigos del placer, así como tampoco presentar a los hedonistas como víctimas de un coup filosófico. Juego de contrarios parece una visión más apropiada. La reflexión sobre si el cristianismo agregó una actitud de mayor hostilidad hacia el placer y el hedonismo será postergada para otro momento de este trabajo.
He aquí, pues, lo que Platón y Aristóteles legaron a este asunto:
a. El método lógico-dialéctico para tratar las cuestiones.

Platón inventó el hedonismo, lo metió en la dialéctica, lo hizo argumentar, le dio forma como tema filosófico. Aristóteles culminó la tarea. Desde entonces la discusión del hedonismo transcurre sobre los mismos rieles. Asómese quien guste al utilitarismo (siglo XIX). No le extrañe hallar a un grupo de filósofos que hablan inglés, no griego, pero dicen más o menos lo mismo que dijeron los antiguos (ver capítulo siguiente). En efecto, se debe a Platón y Aristóteles la implantación de una racionalidad, de una tecnología para usar la mente y organizar los conceptos. Platón la presenta con gran entusiasmo: regalo de los dioses, regalo prometeico, como la técnica (Filebo 16d). Esto determinará para los siglos por venir la forma de indagar el hedonismo. En la tradición filosófica socrática el hedonismo es lo que es porque como tal aparece bajo la perspectiva fijada por los clásicos. Su definición misma sigue siendo la que viene de esa época: postura filosófica que consiste en afirmar que el placer es el bien.

Ahora bien, no se puede afirmar que al hedonismo le fue mal cuando se estableció la racionalidad filosófica. Fueron simultáneos. Cuando nació el filósofo, nació también el anti-filósofo. El hedonismo como lo otro del racionalismo.
A pesar de toda la dialéctica, es a través de un sueño que llega a Platón la solución al dilema placer o conocimiento (Filebo, 20b). Lo irracional tiene extrañas maneras de reclamar su lugar. De lo cual deriva:

b. La filosofía como búsqueda del Bien supremo.
Tanto en Platón como en Aristóteles es posible encontrar sendas refutaciones a la idea de que el placer es el bien. Sin embargo, la postura de Platón es ambivalente pues se pueden hacer maniobras hermenéuticas para aprovechar algunas de sus ideas en apoyo a la filosofía hedonista. La tradición más racionalista de occidente prefiere al Platón del Fedón o del Filebo, el Platón alerta a las desviaciones que el hedonismo puede introducir en la vida ordenada de la polis. Siendo un filósofo preocupado por la fundación de un estado “justo y ordenado”, sus momentos de hedonismo hay que tomarlos como coyunturales, más que definitorios.

La dialéctica ejercita la función unificadora del intelecto, entrena a la mente a percibir y valorar lo que las cosas tiene en común por encima de sus diferencias. De ahí que Aristóteles afirme que: “Si existe un fin de nuestros actos querido por sí mismo, y los demás por él…es claro que ese fin último será entonces no sólo el bien, sino el bien sobrerano.” (Ética Nicomaquea, 1094, a20) “… pero el bien supremo debe ser evidentemente algo final. Por tanto, si hay un solo fin final éste será el bien que buscamos: y si muchos, el más final de entre ellos.” (Ídem, 1097 a30) Platón ya había señalado el camino a seguir cuando definió el bien supremo como “Any creature that was in permanent possession of it, entirely and in every way, would never be in need of anything else, but would live in perfect self-sufficiency.”(Filebo, 60c) Cuando los socráticos definieron el Bien y, con relación a este, el hedonismo, inventaron también la manera de abordar estos temas. Así fue como desde el planteamiento mismo de la cuestión el hedonismo no podía aparecer sino como una desviación, una postura extrema, alejada de la recta razón, una excentricidad. No habría sorpresas. Está bien. El hedonista no podía apoderarse del logos, luchar por el poder y la razón, pues su juego es ser lo otro de la razón y el poder2.

Finalmente, buscando la síntesis, ambos filósofos simplemente declaran que la buena vida es también la más placentera (Ética Nicomaquea, 1177a20), República. Declaración formal que, no obstante, refleja hasta qué punto era el hedonismo una doctrina que pesaba en sus mentes.
c. La inquietud por determinar la naturaleza del placer.
Dos principios forman los seres: lo determinado y lo indeterminado (Filebo, 23c). En estas palabras se aprecia el tránsito inacabado del pensamiento mítico al racional. El placer pertenece a lo indeterminado, idea cuya importancia esta investigación mostrará. Que el placer pertenezca a lo indeterminado no es una desventaja. Hay un poder de lo indeterminado: estar abierto a todas las posibilidades. No ser nada, para poder serlo todo.

El tema del placer aparece en varios de los diálogos, lo cual muestra que en la mente de Platón fue una cuestión acuciante. Mas el placer no está presente sólo como contenido, sino también como forma: el arte de conversar y el erotismo que circula entre los personajes de los Diálogos pueden inspirar otras conclusiones, menos ortodoxas. Quizá se puedan hallar éstas en las escuelas platónicas del renacimiento italiano.
Sobre la naturaleza del placer, Platón dice: “When the natural combination of limit and unlimitedness that forms a living organism, as I explained before, is destroyed, this destruction is pain, while the return towards its own nature, this general restoration, is pleasure.” (Filebo 32b) Es una buena definición. Se basa en la antigua y venerable idea de un balance natural buscado instintivamente por el organismo. Una ampliación de esta idea será presentada en otra parte de esta investigación.

Casi desde el inicio el hedonismo estaba vencido, pues en la ontología platónica el placer se encuentra afectado por una carencia de ser: “…we ought to be grateful to the person who indicated to us that there is always only generation of pleasure and that it has no being whatsoever. And it is obvious that he will just laugh at those who claim that pleasure is good.” (Filebo, 54d) Aristóteles rechaza este argumento (Ética nicomaquea 1174b10). No interesa esta polémica ontológica, sino las actitudes hacia el placer reflejadas en ella. Aristóteles tiene una visión menos hostil hacia el placer y hacia el hedonismo, su investigación tiene un tono más realista. Aristóteles dice que el placer “…perfecciona al acto, aunque no a la manera de una disposición habitual inmanente, sino a modo de cierta perfección final superveniente, como la flor de la juventud en los que se hallan en su apogeo vital.” (Ética Nicomaquea, 1174, b30). Acepta, en general, la refutación que hizo Platón contra la identidad de placer y bien (Ídem, 1172, b25). También comparten ambos la idea antigua de que el universo tiene un orden, pues aunque Aristóteles rechaza la idea de que el placer llega cuando se restablece el equilibrio, su cosmovisión no deja de ser eminentemente teleológica [cita de que todo cuerpo busca su lugar natural y anterior].

A los griegos también les interesaba mucho armonizar placer y virtud. Aristóteles sabe que placer y virtud no se acompañan, por eso tiene que introducir el concepto de educación para conectarlos (Ídem, 1172a). Cientos de años después, Herbert Marcuse intentará conciliar de nuevo Eros y civilización. En la ética aristotélica, más que en la platónica, las virtudes tienen un tinte militar, viril, con la marca visible aún de los tiempos heroicos. En este contexto, el placer, si bien aceptado y reconocido como necesario para la buena vida, es puesto bajo la tutela de la s?f??s??? (templanza) y de la e????te?a (continencia). El conflicto entre virtud y placer quedó resuelto en los austeros silogismos de Aristóteles, mas no en la realidad. Lo único que hizo Aristóteles fue justificar teóricamente ciertas acciones políticas.
Inesperadamente, la definición platónica de placer es muy semejante a la emanada de la escuela cirenaica3. Para los cirenaicos el placer es un movimiento o una transformación suave, mientras que el dolor es un movimiento rudo. Suave indica que no contradice tendencias naturales; rudo, lo contrario.

d. El dualismo cuerpo/alma
Según Nietzsche4, en la época socrática la polis griega engendró en su seno instintos que amenazaban su delicado equilibrio. Para contrarrestar esa tendencia, los filósofos tuvieron que inventar el dualismo cuerpo/alma fuertemente inclinado a exaltar el segundo elemento sobre el primero. Así fue como nació el ejercicio dialéctico de jerarquizar los placeres, según distintos criterios. Todo esto es conspicuo en la filosofía platónica: exaltación del alma, desprecio del cuerpo (ver Fedón), la oscura irracionalidad de los apetitos corporales frente a la luz divina de la razón (ver, por ejemplo, en Fedro, la analogía del auriga). De aquí también la contraposición entre placer y conocimiento, planteada desde el inicio del Filebo. No hay sorpresas, pierde el placer. Tampoco el conocimiento se lleva el primer lugar, éste se lo queda la medida y la proporción (Filebo 66a) la cual ordena todas las mezclas que forman los seres. ¿Y el placer? Las maniobras dialécticas de Platón lo mandan a la quinta fila. En un pueblo tan cuidadoso de la mesura y la proporción, el hedonismo no dejaba de parecer una hybris.
Aristóteles, menos dado que Platón a los dualismos místicos, muestra, de todos modos, un ideal de buena vida muy abstracto e intelectualista (Ética Nicomaquea, 1177a)

El relato del dualismo cuerpo/alma ayuda a establecer un régimen de disciplina, una forma de organizar el tiempo de los placeres. Decir que los placeres intelectuales son superiores a los corporales sólo adquiere un significado concreto dentro del contexto de una lucha por instaurar un régimen político. Sin embargo, ¿acaso hay algún placer en el que no estén en juego ambas partes del hombre? Si me gusta la conversación, ¿me puede gustar sin cuerpo? Si me gusta fumar, ¿lo puedo hacer sin pensar? La superioridad del alma sobre el cuerpo no es sólo un dato ontológico, es una forma de recomendar o imponer cierta manera de vivir. Decir que hay placeres dignos e indignos es distinto, pues con esta división ya se ha dado un paso franco hacia la prohibición de ciertas conductas. Toda sociedad lo hace. Sin embargo, es posible discutir el sustento filosófico e ideológico de tales prohibiciones, cosa de la cual se ocupará esta investigación; no en el caso de la época socrática, sino en pleno siglo XXI d.C.


e. Dimensión política de la cuestión del placer.
La preocupación por el placer fue definida en su justa dimensión como una preocupación política, no meramente ontológica o ética: “La teoría del placer y del dolor es del dominio del que filosofa sobre política, porque él es el arquitecto del fin con vistas al cual llamamos a cada cosa buena o mala en absoluto.” (Etica Nicomaquea, 1152b). Regular el placer, mesurarlo, darle su lugar en la vida de la polis, es una afirmación general que no incita al debate. Cualquiera puede reconocer la sensatez de tal propósito. Sin embargo, la discusión filosófica inicia cuando se atraviesa la zona de los buenos propósitos. Todo Estado ha de enfrentar y resolver la cuestión de la administración del placer entre sus ciudadanos. Entender el placer como una función de la polis será también central en esta investigación.
Guerra de Grecia contra Persia: ¿Otro factor en la formación de las opiniones socráticas sobre el hedonismo? ¿Una manera griega de reafirmarse ante el lujo extravagante de la corte persa? Aristóteles compara a los hedonistas con Sardanápalo (Ídem, 1095b20) A esto hay que agregar otro factor: su preocupación por al afeminamiento (Ídem,1150b; y Platón, República, 590b), incompatible con la firmeza marcial.
Son, pues, los socráticos mayores (Platón y Aristóteles) quienes le han dado palabra e identidad al hedonista puesto que sólo pueden enfrentar lo que tiene palabra e identidad. En la historia de la filosofía, Platón y Aristóteles son usados para conocer el hedonismo y para rechazarlo. El hedonista, sin embargo, está en la frontera entre el logos y el mutismo. Si se dedicara a plantearse, teorizarse, definirse, enlistar sus argumentos como un general enlista sus ejércitos, si se entregara a eso lo haría a costa de su gozo. La vida del placer es celosa, no congenia con la vida del polemista. La moral de Aristóteles sí va con la argumentación. Es cierto que la exigencia de congruencia se aplica a todos, pero nadie ve como incongruente que Aristóteles hable mucho y defienda aquello de lo que es congruente. En cambio, la vida del placer se defiende viviéndola. No le puede dedicar mucho tiempo al logos puesto que en el placer se pierde el logos. El trabajo filosófico mismo llega a ser incompatible con la búsqueda del placer.

2. Desaparición.

El hedonismo, entonces, fue inventado por sus adversarios. Se inspiraron en Aristipo de Cirene, quien, al igual que Platón, era asiduo al círculo socrático. Cirene era una colonia griega situada en África, dentro de lo que hoy es el territorio de Libia. Llama la atención que sea de una colonia africana. La lejanía de la ¿metrópolis?, el clima caluroso, las costumbres de los lugareños, probablemente todo eso se conjugó para incitar un estilo de vida hedonista5. La historia no fue benévola con los cirenaicos, clasificados como los primeros hedonistas, puesto que de ellos no ha sobrevivido ningún texto. Sus ideas son reconstruidas a partir de los testimonios de otros autores, algunos de los cuales tampoco leyeron directamente los libros que comentaban, además de ser opositores de la filosofía cirenaica. Aunque algún hedonista haya escrito muchas obras (a Epicuro se le atribuyen trescientas) la historia de la filosofía se ha encargado de enmudecerlos, les ha ayudado a ser lo que son. De acuerdo, un hedonista puede teorizar y argumentar su postura sin caer en incongruencia, pero el placer es incongruente, esa es su antinatural naturaleza. No hay sintaxis del placer. Platón estaba en lo correcto al decir que pertenece a lo indeterminado. No se trata de poner a los cirenaicos tras los muros de una fortaleza filosófica inexpugnable, desde la cual pueden herir, mas no ser heridos. Tal procedimiento, además de exagerado, anula el juego entre los cirenaicos y las otras escuelas filosóficas. Hay que mantener el argumento en sus justos límites: mostrar la manera de filosofar de los cirenaicos, en muchos aspectos contraria a la racionalidad vencedora que se estaba gestando. Si el hedonismo es visto como una forma de vida filosófica, surgida de un ambiente político determinado, entonces ya no es tan relevante ocuparse de refutarlo o exaltarlo.
A continuación, los rasgos del hedonismo cirenaico que interesan para esta investigación:
a. El placer y el bien
El placer es el bien o el sumo bien: he aquí la definición de hedonismo. Es correcta porque es la única manera de traducir la postura de Aristipo al lenguaje de Aristóteles. Sin embargo, para los cirenaicos no es relevante insistir en hallar un sumo bien pues es claro que en la vida hay muchas cosas buenas, formando todas ellas una especie de sumo bien flexible. Es verdad que prefieren el placer, pero sin conceptualizarlo como bien supremo, no con esos términos tan solemnes, pues si lo hicieran, caerían en el absolutismo, cosa que no les va bien. Tampoco se puede hablar de ética hedonista puesto que el hedonismo es la negación de la ética. Llamarle ética es una forma de apropiación racional de la visión hedonista o una mera indicación del campo de conocimiento en el cual se desarrollará la discusión. Entiéndase: ellos son la oposición a la ética. Su ética es inmoral.
Definir el hedonismo como la corriente filosófica que identifica el placer con el bien significa, además, que el placer se presta a funcionar como causa final de la voluntad. Aristóteles reconoció la consistencia lógica de este aspecto del hedonismo. Más de dos mil años después, uno de los pensadores más influyentes del siglo XX, Sigmund Freud, volverá a explicar la conducta humana usando los conceptos de placer y dolor. Esta referencia también puede servir para mostrar que el hedonismo no es algo tonto y ridículo, como a veces se le presenta. No lo es porque mentes tan agudas lo han adoptado como piedra angular. Al mismo tiempo, es inevitable reconocer la vulnerabilidad argumentativa del hedonismo, expuesta por los socráticos mayores. Lo que hace fuerte al hedonismo, entonces, no es su consistencia lógica, sino su oposición al intelectualismo y a las visiones angelicales de la naturaleza humana.
b. El no-conocimiento
Una actitud anti-intelectual relajada los caracterizaba, ¿para qué tanta especulación si de lo que se trata es de pasarla bien? Sócraticamente subordinaban el saber a la buena vida. Esto resultaba en un no-saber, un talante escéptico desde el cual el saber de los grandes filósofos aparecía como maya, ilusión, una ilusión que ofusca y provoca infelicidad. Todo está a la vista. Si se sabe de más, ya no se verá lo que simplemente está ahí. El único saber que importa es el que procura la felicidad. Los cirenaicos eran unos idiotas, literalmente: gente encerrada en su mundo privado de sensaciones. También se les puede llamar tontos, epimeteicos6: no usan los métodos racionales establecidos, ni son previsores, viven en el presente, despreocupados. Menos racionalista, más estética, su manera de filosofar oponía a la dialéctica la « teatralización » :“Nul doute qu’Aristippe pense lui aussi contre Platon, et vice versa: le tours payants, les méthodes ironiques, la théâtralisation de la doctrine et la restauration du réel sensible agissent en boutoir efficace contre le penseur idéaliste.”7 «Teatralización» es un término sugerente. Lástima que el autor no lo explique, nada más deja indicado que hay una vía para conectar arte (lo que hoy se llama así) y conocimiento y que esa era la vía de los cirenaicos.
c. La no distinción entre placeres del alma y placeres del cuerpo, ni entre placeres de hoy y placeres de mañana:
“…all Cyrenaic philosophers agree that the pleasure that is of supreme positive values is bodily pleasure: not the accumulation of such pleasure over a lifetime, but the bodily pleasure that one is experiencing at present.”8 La distinción entre placeres del cuerpo y placeres del alma no es una descripción puramente ontológica sino que es un saber subordinado a un orden moral (placeres nobles/innobles). Como Aristipo no separaba lo intelectual de lo corporal, es inexacto decir que exaltaba lo segundo sobre lo primero. Además, ¿cómo podría intensificar su vida placentera con tal distinción? Aristipo no era un tarado (aunque sí tonto e idiota, como ya se explicó). Se requería inteligencia para construir una vida hedonista en medio del ambiente filosófico-político griego.
A los cirenaicos tampoco les quitaba mucho el sueño determinar si había tipos de placeres superiores a otros.9 Debieron haber tenido sus preferencias, como todos, pero no fijaban jerarquías permanentes.
Aristipo era un sibarita, no un animal. El análisis crítico de esta postura debe evitar las condenas fáciles. Es un reto, entonces, construir una ética que no se contente con refutar al hedonismo, sino, al contrario que se conozca a sí misma por su reacción ante el hedonismo y que tome en cuenta las relaciones de poder, que las tome en cuenta para dar una explicación más amplia, más completa del fenómeno. El hedonismo ha sido convenientemente ridiculizado por su “irracionalidad”, es decir su no-adecuación a la racionalidad dominadora. En esta investigación será estudiada esta “irracionalidad”, e inclusive será valorada como vía de crítica a los excesos de la racionalidad establecida. Será, pues, una investigación guiada por una actitud hospitalaria hacia el visitante hedonista.
d. Autonomía individual
No hay testimonios suficientes para adjudicar a los cirenaicos una crítica al concepto de sociedad o de colectividad. Si se apela a la práctica, se puede afirmar que su forma de vida era una transgresión de la norma. Aristipo, cuentan, era un travesti10. Aparte de esto, sólo hay una idea que apoyaría la autonomía individual: si todo el saber se limita a las sensaciones privadas: “...the Cyrenaics claims that the pathe are infallibly and incorrigibly apprehended by the perceiver are incommunicable and are not open to observation...”11, entonces cada cual puede hallar en sus propias percepciones criterio suficiente para orientar su conducta: “The Cyrenaics invite us to look within, and to organize our life on the basis of what we find there, namely our experiences.”12 Epicuro los sigue: “For we must not conduct scientific investigation by means of empty assumptions and arbitrary principles, but follow the lead of phenomena: for our life has not now any place for irrational belief and groundless imaginings, but we must live free from trouble”13. La traducción suena muy moderna, pero ahí está la idea de seguir a los fenómenos. Aunque esta cita se refiere a la physis, contiene el principio de seguir lo que los sentidos nos van mostrando. Se parece al famoso adagio de la fenomenología: a las cosas mismas. Seguir el placer es confiar en la propia capacidad para discernir lo que es bueno y lo que es malo. En la sabiduría popular el sentimiento rivaliza con los oráculos en cuanto a número de consultas para tomar las grandes decisiones de la vida.
Más conocida es la versión epicúrea del hedonismo. Nadie hoy se dice cirenaico; en contraste, no causa extrañeza el que alguien se proclame epicúreo. Comparado con el de Epicuro, el hedonismo de Aristipo es más puro y más radical. Epicuro hace distinciones conceptuales que mitigan la fuerza transgresora del hedonismo. Quizá por esto la posteridad ha sido más bondadosa con este filósofo. Practicaba un hedonismo apacible, prudente, contento con los pequeños placeres que ofrece la vida. Era un hedonista amigo de la frugalidad.14 Hacía, también, las distinciones corrientes, las que se introdujeron para hacer más racional15 y competitivo al hedonismo, seguramente sugeridas por las discusiones con sus adversarios. Por eso había polémica entre los cirenaicos y los epicúreos. Hay que admitir, entonces, que puede haber diferentes hedonismos.
Epicuro da la impresión de un tipo que se ha retirado de los afanes y azares del mundo. Más que cultivar el placer, evita el dolor.16 Hay quien ha dicho que su filosofía es la expresión de un convaleciente.17 También tiene algunos rasgos nobles, como su ethos de maestro emancipador. Quiso liberar a los hombres del miedo, atacando y esfumando las supersticiones que los mantienen sojuzgados. Sorprende el alto grado de racionalidad y de precisión científica que muestran sus explicaciones de todo tipo de fenómenos naturales18. Este saber lo ponía generosamente al servicio de un ideal de paz espiritual: “...we must not suppose that any other object is to be gained from the knowledge of the phenomena of the sky, whether they are dealt with in connection with other doctrines or independently, than peace of mind and a sure confidence...”19
En los siglos posteriores a la época helenística el hedonismo casi desaparece de la historia de la filosofía. No hay filósofos que asuman esta postura, tal como la definieron sus adversarios. Los que más se acercan a llevar el nombre son los utilitaristas. Fuera de ellos, lo que hay son épocas más hedonistas, o personajes o arquetipos de la vida hedonista (los libertinos, Don Juan), leyendas, expresión del inconsciente colectivo de los pueblos, pero el hedonismo como nombre de corriente filosófica se va desvaneciendo. En los manuales aparece confinado a la antigüedad, aun dentro de ésta sólo juega un papel menos que secundario. Ha habido algunos filósofos que han elaborado ideas afines a lo que podría ser el hedonismo. No se les identifica académicamente como hedonistas, ni aquí se defenderá que así se les deba llamar. Eso es secundario. ¿Es Foucault un hedonista? Pregunta muy lógica y muy inútil. En los libros se le llama estructuralista o post-estructuralista. Lo importante no es si lo fue o no, sino recuperar sus aportaciones a la filosofía hedonista. Hay otros. En esta investigación habrán de ser recuperadas estas ideas que apoyarían una visión hedonista de la vida, principalmente serán indagadas en filósofos franceses del siglo XX.




BIBLIOGRAFÍA

Aristóteles, Ética Nicomaquea, Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), 1954.
Gosling, J.C.B., y Taylor, C.C.W., The Greeks on Pleasure, Clarendon Press, Oxford, 1982.
Onfray, Michel, L’invention du plaisir. Fragments cyrénaïques, Le livre de poche, París, 2002.
Plato, Philebus (traducido por Dorothea Frede), Hackett, Indiana, 1993.
The Works of Epicurus, The Limited Editions Club, Nueva York, 1947.
Tsouna, Voula, The Epistemology of the Cyrenaic School, Cambridge University Press, Cambridge,1998.

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DATOS DEL AUTOR:
Felipe Lee.- Profesor titular de la Universidad Autónoma de Baja California (UABC) en la carrera de Filosofía. Actualmente estudia el Doctorado en Filosofia en la UNAM.


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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