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Escasez


Por Cristina Rascón Castro

La Gran Cucaracha está de nuevo en su cama. Shik, shik, shik. Los ruiditos matinales del intruso le acarician el oído como el canto de los pájaros anuncian el aura en las películas viejas. Shik, shik, shik. Primero fue a roer los restos de la comida en los escondrijos del cesto de basura, luego caminó por su cuarto a pasos cortos (el lugar es chico para tales proporciones), después inspeccionó un hoyuelo en la pared que da al departamento vecino y por ultimo se trepó a su cama y se instaló con esas largas y pegajosas extremidades a inspeccionar su cabello. Shik, shik. Uno por uno, como si estuviera limpiando el aceite natural tras varios días sin lavarlo. Pero éste no el objetivo, él ya lo sabe. Está hurgando en su cabello porque ahí guarda el hombre la memoria, ahí se graban los días, los trozos de rutina, el ADN de sus actividades diarias. La Gran Cucaracha se nutre, más que nada, de sus desechos de tiempo. Ahí está la cosa. Ingiere segundos, minutos, a veces horas (se las engulle como serpiente a la rata, Shiiiiiku).

No es que él rechace todo ese tiempo. Lo saca del refri y en lo que piensa y piensa cómo puede cocinarlo, con qué combina bien, qué hecha primero al sartén... ¡Se pudre! ¡Se echa a perder! Huele a malo y hay que tirarlo. Le da pena llenar bolsas de basura con tiempo a mitad de precio, tiempo a crédito, tiempo de importación. Y más le envenena saber que ése bicho está aquí por eso. Puede percibir el calor del Gran Insecto traspasar la sábana. Puede sentir su cabello enredarse en los filamentos que cubren las patas larguitorpes. Y el sonido, el Gran Shik Shik, devorando lo que él no devoró, jaloneando su cráneo.

Basta, piensa el hombre. Se desliza sobre su espalda hacia la orilla del colchón y en cuanto identifica el piso con el dedo gordo de un pie, expulsa su cuerpo de la cama y corre a encender la luz. El enorme dictióptero corre a su escondite: una arista de piso y pared. Es imposible matarla de un chanclazo (antiguo método que leyó en una enciclopedia) y aún y si tal proporción de zapato existiera y bajo el supuesto de que se atreviera a semejante acto contra un animal casi de su tamaño, el estómago de Pandora expulsaría una viscosidad que inundaría toda la alfombra de su departamento.

El hombre ha tratado de envenenar a la Gran Cucaracha un par de veces y cuando agota la botella de insecticida en spray: 1) ya no puede prender ni un cigarro pues el cuarto entero es lugar inflamable y 2) se siente tan mareado que por medio minuto no puede activar ningún músculo. Por tanto, indefenso ante la apocalíptica criatura, ha optado por tolerarla en las madrugadas y seguir la rutina el resto del día fingiendo para sí mismo que en realidad está solo.

Se sienta todavía con la luz picándole la retina. Su recámara sostiene tiempo hecho polvo entre los muebles; tiempo en soledad regado en envolturas de comida rápida; tiempo apestoso sobre el hedor a periódico y excremento en el sanitario; humedad, hongos, ésa es su casa. Buscando apoyo técnico en su lucha contra el cucarácnido leyó (en una webpage): “Nunca deje abierto su contenedor de basura pues el olor atrae a estos especímenes. De preferencia, vacíe el contenedor fuera de su vivienda lo más pronto posible”. Esa era la clave: la nostalgia. Era una pena echar fuera todo ese tiempo en descomposición. Intencionalmente lo había acumulado no sólo en la cocina, sino también en los libreros, la cómoda, algunas repisas, el baño, fotografías. Hay tiempo en desuso regado por toda la casa. De ahí el overweight del Gran Bicho, piensa. Shik, shik. Pega su oreja a la pared. Desde la oquedad: shiiiiku. Maldito, ya se echó otra hora.

Si lo piensa bien, la imagen es horrorosa: la Gran Cucaracha instalada cada mañana en su cama. Siente el aleteo de las patas sobre su piel aún cuando sabe que ahora está escondida, prófuga de la luz. Todos los platos han sido examinados por ella, todo escondite de su alacena masticado. Quedan residuos de fumigante en algunas ropas. Náuseas le burbujean en la garganta. Lo que es peor -ahora recuerda–, a veces se empacha y vomita. Sí, a un lado de su almohada (la entrenó un poco, ésa es historia aparte). La hija de puta arroja insomnio hecho líquido gastrointestinal y no hay manera de evitar que su nariz se anegue del hedor a tiempo putrefacto y ácido.

Pero no lo va a permitir otra vez. Hay que sacar de su casa todas esas bolsas de tiempo y una que otra caja. Huelen mal. Polvo, tiempo, comida, todo debe ir a la basura del edificio, grandes volúmenes de contenedores negros. Con el sudor cubriendo su piel como crisálida, acumula bolsas de plástico desbordando tiempo de mucho tiempo atrás. Restriega la alfombra, vacía las repisas, mueve refrigerador y estufa, aspira rincones, almohadas, cobijas. Infeliz bicho – piensa - puedo verlo llegar en la madrugada, husmear limalimón, girar sus antenotas confundido, enloquecerá de hambre, seguro, no habrá nada que pueda llevarse a la boca.

Como Grand Finale, rocía la recámara con aroma floral montañoso en spray, (instrumento que ordenó por la web); prosigue con sanitario, clóset, cocina, todo territorio queda sellado. Si era too sweet para él, con más razón para la Gran Cucaracha. Se sienta en la cama, exhausto, abrazando sus rodillas. Abre un bote de cerveza y prende un cigarrillo. Espera paciente a que el día se disuelva.

La noche transcurre sin el Gran Shik Shik. Coloca una silla en el centro del departamento y espera. Se emplaza en la vigilia con el firme propósito de no permitir ningún acumulamiento de tiempo en rincones y alacenas. La silla es dura, así que se enrolla en una cobija para esperar más cómodo. El roer no se aproxima ni desde la derecha ni desde la izquierda. Pega la oreja en las paredes. Nada. Ni el bicho, ni los montoncitos de tiempo en descomposición. A lo mejor la G. C. se lo llevó todo. A lo mejor le robó el tiempo en la huida, por eso no tiene necesidad de hurgar más en esa recámara. Pasan una, dos, varias noches y el vigilante no cede a la insistencia del sueño y el dolor de huesos por la forzada rigidez. Mas, a pesar de su disciplina, entre el chocar de sus párpados y su estado de alerta, se engendran tiempitos sobre la estufa, en el sur de las paredes, entre el estambre del tapete. De vez en cuando se entretiene limpiando ese tiempo de sobra y lo arroja presto a la basura.

La madrugada llega sin ése olor a vomitona que le quita el sueño. Amanece más lento que de costumbre. Abre los ojos sin el shik shik como palanca. Huele un poco al spray floral. Estornuda. En su período de lucha contra el regreso del cucarácnido, se han agotado los cigarros, las cervezas, los víveres, los sprays florales, el papel sanitario, el tiempo en el congelador y en las latas. Es necesario salir a abastecerse u ordenar servicio a domicilio. Llama a varias tiendas de autoservicio, a restaurantes cuyos nombres guarda en tarjetas y revistas, a ciertas compañías de catálogos… Nada. No hay tiempo. Ni de temporada, ni al contado, ni en rebaja por no venderse un día antes.

No hay tiempo - le dice una señorita al otro lado del teléfono - hace ya varios años que se agotaron las existencias. Ya no se comercializa ese producto, estaba mermado por unas… Cuelga. Súbitamente envejecido, deja caer la espalda en el colchón silencioso. El alambre del teléfono le alinea los cabellos ya grises. El estómago cruje, la luz del día le aplasta la cabeza. Las piernas. No responden.


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DATOS DE LA AUTORA:

CRISTINA RASCÓN CASTRO (Sonora, México, 1976).- Premio Latinoamericano de Cuento “Benemérito de América” 2005 (Oaxaca, Oaxaca) por el libro Hanami (ISC, 2006) y el Premio Libro Sonorense en el género de cuento 2005 por el libro El agua está helada (ISC, 2006). Ha recibido el primer lugar en el Concurso Literario del Sistema Nacional del Tecnológico de Monterrey 2006, categoría profesores, por Personajitos; en el Concurso Nacional de Cuento UDEM 2002 por Autotextgráfico y en el Concurso de Cuento “Adolfo Bioy Casares” del ITESM 1998 por Libitum, textos que junto con Escasez forman parte de su libro Cuentráficos (ISC, 2006), de la Colección Literatura del Programa Editorial de sonora. Como traductora, ha publicado Sin conocer el mundo (Plan C Editores, 2007) del poeta japonés Shuntaro Tanikawa. Fue becaria del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes en Traducción Literaria emisión 2004; del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes de Sonora en el género de cuento en el 2005 y del Laboratorio Fronterizo de Escritores/Writer´s Lab on the Border, en Tijuana/San Diego 2006.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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