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Entrevistas

 

INSTANTES
(fragmento)


VII
Malena

Por Edgar Adrián Mora

Malena ha juntado su cuerpo junto al mío. Desde que llegó no ha dejado de tener atenciones conmigo. Sorpresivamente se negó a fumar el churro que Pedro había preparado para ella. Dijo que estaba en una etapa difícil y que prefería no complicarse más. Nadie entendió eso, pero todos respetamos su negativa. Después, me sirvió un poco de cerveza en uno de esos vasos largos con inscripciones de fiesta de graduación. La mayoría de los asistentes debían materias o estaban seguros de que nunca se graduarían, pero aún así el pretexto sirvió para que los padres participaran de un simulacro de futuro radiante, prometedor e inexistente. Los demás cumplimos con parecer felices, felicitarnos unos a otros y ponernos una borrachera que sería anecdótica en futuras conversaciones. Pedro se dedica a contar los mismos chistes de siempre. Para él ha sido un descubrimiento la internet y el correo electrónico, asegura que tiene amigos en todas partes del mundo. Todos lo escuchamos con un interés que no sentimos. Amigos. ¿Qué significa realmente tener (o ser) un amigo? A la larga nos descubrimos solos. Los verdaderos amigos no son aquellos que, según los correos de Pedro, están siempre en las buenas y en las malas. No lo creo. Un buen amigo es aquél que te deja hundirte lentamente sin reprocharte nada, sin pretender darte una mano que no desea salvarte, que no busca hacerte un favor para después cobrártelo con creces. ¿Quién tiene verdaderos amigos? ¿Qué quiere decir ‘verdaderos’? Mientras pienso esto, Malena ha vuelto a rozar con sus largas uñas, y cuidándose que nadie la vea, el pedazo de carne agonizante que tengo por verga. Ésta se mueve como una inocente plantita en busca de los benefactores rayos del sol. Para comprobar que esos roces no han sido accidentales, dejo caer mi brazo a lo largo del respaldo del sillón, justo detrás de la espalda, e introduzco mi mano debajo del resorte de una falda que se pretende hindú. Mi mano se desliza hasta sentir la redondez de sus nalgas. No hay ninguna reacción en contra. Repentinamente siento un escalofrío que me recorre la espalda. Malena se acurruca contra mi cuerpo como protegiéndose del frío, en realidad tratando de ocultar mi mano en su trasero y animarme a una exploración más atrevida. Uno de mis dedos recorre esa línea divisoria que hay entre las dos nalgas.
Pedro se ha quedado boqueando sobre el sillón individual. Pablo se ha disculpado y se retira hacia su departamento, mañana le esperan más sorpresas en su trabajo de voyeur mediático. Sólo queda María que sigue platicando estupideces mientras aplasta un sinnúmero de colillas de cigarro contra un repleto cenicero- recuerdo de mi último viaje a un pueblito de la Huasteca veracruzana. Los voladores de Papantla. Todo un espectáculo-. Casi tan maravilloso como el de la sangre que corre por las venas de mi pene, esa insoportable presión bajo mis pantalones. Mi dedo se ha seguido deslizando y ahora acaricia febrilmente el ano de Malena que, impávida, sigue charlando con María acerca del inesperado embarazo de una conocida mutua. Se levanta rumbo al baño. En cuanto escucho cómo gira la perilla y cómo baja la tapa del escusado, tomo a Malena y la levanto en vilo. Me pregunta sonriente a dónde vamos. Le devuelvo la sonrisa sin responder. Entro a la recámara, cierro la puerta con el pie y arrojo sobre mi cama a Malena que comienza a reír, enardeciéndome de manera incontrolable. Escucho el flujo del agua en el baño y a María toser repetidas veces. Le pongo seguro a la puerta, me hinco en el suelo, justo a los pies de Malena, y comienzo a desabrocharle las agujetas de los zapatos. Ella me mira divertida. ¿Qué piensas hacer? En este momento ni siquiera puedo pensar. Deslizo mi mano por debajo de la falda vaporosa y dejo que esas piernas bellas me confirmen las formas que a simple vista sólo puedo intuir. Comienzo a besar una rodilla de la diosa tendida entre mis cobijas, destendidas desde hace meses. Malena se retuerce, argumentando un ataque de cosquillas. A mí no me importa, me despojo de mi camiseta, de las botas, de los calcetines. Creo que alguien toca a la puerta. No, nadie puede tocar ahora a la puerta, más le vale que ni siquiera se le ocurra tocar. La beso en los labios. Un dejo de alcohol y de fritura se deja adivinar en su aliento. Pero la beso y el sabor desaparece, ahora sólo es su saliva y la mía, su calor y el mío. Le muerdo el labio y ella se queja casi imperceptiblemente. Le beso el cuello, los ojos, las orejas. Recuerdo una vieja canción que siempre me ha gustado. La tarareo mientras mi lengua choca con unos pezones erectos, duros, como gomitas de dulce que no se deshacen nunca. Me gusta besar estos senos. Redondos, inabarcables, de la medida exacta. Mis manos recorren todo su cuerpo. Manos que ya no me pertenecen, manos que son cada vez más propiedad de ese otro cuerpo. Comienzo a sudar. No puedo evitarlo. Ignoro si a las mujeres les guste que los hombres suden. La mayoría dicen que no, pero algunas son sorprendidas lamiendo ese salado néctar. Malena también suda. Es sudor lo que ahora recojo con mi lengua por su espalda, desde el nacimiento de su cuello hasta el término de su columna vertebral, mi lengua recorre una a una las vértebras y se detienen justo en medio de sus nalgas. Benditas nalgas. Ella no da ninguna señal, tendida sobre mi cama la recorro con todos mis sentidos y tiene los ojos cerrados, los labios entreabiertos, de vez en cuando escucho cómo escapa el aire por su boca. Me gusta que suspire. Me ha aburrido la primera canción y trato de recordar alguna otra. Recuerdo una tonada de Gato Barbieri pero se me olvida de inmediato. Mi memoria musical no es para nada envidiable. La lengua se desliza entre los labios de su sexo como una serpiente viva, húmeda, exploradora de un camino desconocido. Con la punta de mi lengua rozo su clítoris, me revuelve los cabellos. Comienzo a aspirar toda su carne, todo su calor, mi boca se vacía de palabras, mi lengua se pierde en oquedades cálidas, innombrables. Ella encoge las piernas, mueve su pelvis y sin querer me golpea la nariz. Me despojo de los pantalones, de los calzoncillos, de todo lo que pudiera ser ajeno de mí, de todo lo que no soy yo. Una oleada de aire fresco me confirma la urgencia de mi erección. La penetro despacio, ella boca arriba abre los ojos sin verme, levanta una pierna como queriendo tocar el techo de la habitación. Yo me muevo con cuidado, intentando dominar los demonios que empujan desde mi cintura, que me apresuran a recibir el placer. Pierdo la noción del tiempo. La luz está prendida pero en realidad estamos en tinieblas. Ella está sobre mí, sin ninguna palabra nos hemos fundido, nos hemos perdido. Se mueve con una cadencia natural, existente en la memoria humana desde el día en que el deseo se volvió incontrolable. La veo moverse sobre mí y sus senos se balancean rítmicamente. Los exprimo esperando obtener algún jugo, más humedad, más prisa. Ella arquea la espalda, entierra sus uñas en mi pecho y deja escapar algo parecido a un grito primigenio, una queja que vence al silencio; se deja caer por completo, me abraza mientras sus dientes muerden uno de mis hombros. Sigo moviéndome, por instinto. Justo cuando el placer llega y me lleno los pulmones con todo el aire de la habitación ella habla. Pega sus labios a mi oído y murmura con su voz que ha ganado un instante de eternidad en mí: feliz cumpleaños.

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DATOS DEL AUTOR:

Edgar Adrián Mora.- Periodista, escritor y maestro. Licenciado en Ciencias de la Comunicación por la UNAM y tesista la Maestría en Estudios Latinoamericanos por la misma universidad. Sus textos se han publicado en las antologías Ofrenda de muertos (México, UNAM, 1997), ¿El crimen como una de las bellas artes? (México, Porrúa/Instituto Coahuilense de Cultura), entre otros. En 2002 obtuvo los premios de Crónica y Ensayo del concurso número 33 de la revista Punto de partida. En 2005 obtuvo el Premio Nacional de Narradores Jóvenes UACM en el género de Cuento por su trabajo Memoria del polvo (México, UACM, 2005). Lazo Latino y Unión Radio le publicó su conferencia Claves para comprender América Latina (México, Lazo Latino, 2007). Actualmente es becario del Fonca en el programa de Jóvenes Creadores en el área de cuento. También da clases de Lengua en una preparatoria y de Historia de América Latina en la Universidad Iberoamericana de la Ciudad de México. Actualmente trabaja en un libro de cuentos cuyo tema es la violencia y en una novelita histórica que gira alrededor de la presencia alemana en Centroamérica en los primeros años de la Conquista.


www.fabricadepolvo.blogspot.com

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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