
Mujeres de Palabra
Por Eve Gil
Mujeres de palabra, de Virginia Woolf a Nadine Gordimer,
es una especie de continuación de un primer libro de ensayos sobre
escritoras titulado La lady y su abanico (Premio Sial de Ensayo 2000) en el
que la escritora española Ana María Navales vuelve a poner en
práctica su agudeza crítica que le permite horadar la escritura
de trece autoras clásicas (y básicas), de las que sólo
sobrevive Gordimer, autora con que cierra el libro, y llegar hasta su ideología
y pensamiento.
Virginia Woolf, Katherine Mansfield, Jean Rhys, Vita Sackville West, Djuna
Barnes, (Dora) Carrington, Anäis Nin, Dorothy Parker, Mary Mc Carthy,
Iris Murdoch, Clarice Lispector y Sylvia Plath completan el cuadro de honor
y Navales, autora asimismo de un espléndido libro de cuentos que lleva
por protagonistas nada menos a Virginia Woolf y a su selecto grupo de amistades,
Cuentos de Bloomsbury, hace gala de idéntica perspicacia en sus ensayos.
Virginia, naturalmente, le merece el ensayo más extenso de la colección
donde Navales nos aproxima a su autora icónica no sólo a través
de su vida y obra, sino también de sus muebles, de sus pertenencias
en que la autora reconoce a Virginia durante un viaje a Inglaterra, rememorando
a su vez el único viaje que la autora inglesa emprendió a la
tierra natal de Navales, en significativo intercambio de experiencias: “Escribir
era para ella su salvación –escribe Ana María Navales
sobre Virginia Woolf -, el acto de convocar la ausencia, de llenar un vacío
de exigir la aparición de lo que no está y que, sin embargo,
existe.” Inmediatamente después Navales le dedica un ensayo a
la que sería amiga-rival de la propia Woolf, la única que probablemente
la equiparara en talento pese a poseer una sensibilidad muy distinta: Katherine
Mansfield.
Resulta curioso averiguar, por ejemplo, que Jean Rhys fue contemporánea
de Woolf y de Mansfield, y que, sin embargo, parece no haberlas conocido (dos
mujeres tan notorias forzosamente habrían salido a relucir en la escritura
autobiográfica de la autora antillano-inglesa, de haberlas conocido).
Por otro lado, es probable que la Jean Rhys, que todavía era Gwen Reese
al momento de coincidir en el escenario con las autoras antes citadas, se
hubiera aburrido soberanamente con el grupo Bloomsbury. La joven de entonces
no tenía idea de que escribiría una obra de la envergadura de
Ancho mar de los sargazos.
Navales no se permite la indulgencia con sus objetos de estudio,
y si bien salta a la vista el entusiasmo que cada una le despierta, sabe muy
bien separar a la mujer de su obra, de tal suerte que no necesariamente la
admiración por la obra lleva implícita la admiración
por la autora: la genial Djuna Barnes nos es mostrada en el esplendor de su
misantropía y soberbia (su grosero ninguneo a Anäis Nin que la
admiraba tanto que nombró a una de sus heroínas Djuna) y a Sylvia
Plath le es arrancada su aura de víctima (con lo cual, considero, le
hace un enorme favor a la gran poeta estadounidense), aunque sin dispensar
del todo a su esposo con quien mantenía un enfermizo duelo de egos
que mucho recuerda al de Elena Garro y a Octavio Paz: “El odio de algunos
grupos que convirtieron a Sylvia en víctima y a Ted en verdugo, les
llevó no sólo al insulto personal, en pancartas o gritos de
“asesino” en lectura públicas o conferencias del poeta,
sino a profanar varias veces la tumba de la escritora con pintadas y arrancando
las letras del apellido del marido (seguían casados cuando Sylvia murió),
que Ted Hughes reponía pacientemente (…)”
En el caso de Iris Murdoch, Navales brinda prioridad al análisis de
su obra por sobre su vida privada, no obstante ser esta apasionante (ahí
está la magnífica película Iris), pero es un hecho que
los libros de esta autora irlandesa rebasan cualquier elemento sensacionalista
de su biografía, por lo que la crítica de su obra puede llegar
a resultar más emocionante que un análisis de su arrebatada
existencia, que continuó siéndolo una vez casada con un tranquilo
profesor de Oxford, John Bailey, quien velaría abnegadamente por ella
cuando su organismo le juega la mala pasada del Alzheimer: lo peor que puede
ocurrirle a un escritor en funciones. Asimismo, Navales redime a una autora
infravalorada como la estadounidense Dorothy Parker, a quien le dedica el
segundo ensayo más extenso del libro. Al contrario de Iris, realiza
un exhaustivo recuento de lo que fue la agitada y divertida vida de esta camaleónica
mujer, pues en su biografía se hallan las claves de su ironía
venenosa y su permanente forcejeo contra la hipocresía que en sus relatos
encuentran su espejo magnificado. Según palabras de Frank Sullivan,
uno de los mejores amigos de Dorothy, transcritas por Navales: “(…)
estuvo en guerra consigo misma toda su vida (…) todas las pullas que
lanzaba contra la gente, fueran amigos o enemigos, eran pullas dirigidas contra
ella misma.”
Todos los ensayos aportan una visión muy completa y objetiva de la
vida y obra de cada autora entre las que no podemos dejar de citar a Clarice
Lispector, Vita Sackville-West, Mary McCarthy y Anäis Nin, esta última
dueña de la personalidad literaria más compleja de las aquí
reunidas pues al ahondar en su psique terminó haciendo de su ego una
de las grandes obras maestras del siglo XX a través, sobre todo, de
sus Diarios que, nos saca Navales del error, fueron trabajados y retrabajados
como obras literaria lo que explica su impecable estructura. Lo único
cuestionable de Mujeres de palabra, y esto nada más por adjudicarle
algún defecto, que en realidad no es tal, es la inclusión de
Dora Carrington que fue mucho más pintora que escritora. La escritura,
para la pintora fielmente enamorada del escritor homosexual Lytton Strachey,
era más un pasatiempo… tan peculiar historia de amor, sin embargo,
no deja de ser deliciosa en la pluma de Ana María Navales.
Mujeres de palabra
Ana María Navales
Sial/Trivium
Biblioteca de Textos y Ensayo, 14
Madrid, 2006,
258 pp.
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DATOS DE LA AUTORA:
Eve Gil (Hermosillo, Sonora, México, 1968).- Premio Nacional de Periodismo
Fernando Benítez 1994. En 1993 obtuvo mención honorífica
en el certamen nacional de poesía Juegos Florales Anita Pompa de Trujillo
con su único poema escrito hasta la fecha, “Transitar por la
inocencia”, y ganó el certamen único, convocado a manera
de justa, “La Gran Novela Sonorense”, con Hombres necios (ISC,
1996). En 1994 obtiene mención honorífica en el certamen Libro
Sonorense, género dramaturgia, con el monólogo Electra masacrada,
el cual abriría el Festival Internacional del Monólogo en marzo
de 1995. En 1996 volvería a resultar ganadora del tradicional Concurso
Libro Sonorense, género novela, con El suplicio de Adán. A raíz
de la censura oficial que condenó este mismo trabajo a ser embodegado,
decide emigrar a la ciudad de México. Fue becaria de Jóvenes
Creadores del FONCA entre 1995-96, y del FECAS de Sonora, también en
la categoría de Jóvenes Creadores, entre 1993-94 y en la categoría
Creadores con Trayectoria, entre 2004-05. En 2000 publica la novela Réquiem
por una muñeca rota (Fondo Editorial Tierra Adentro). En 2001 obtiene
mención honorífica en el Certamen Binacional de Novela Border
of Words (no ganó por no ser suficientemente fronteriza y no citar
a narcos famosos). En 2005 publica en España la novela Cenotafio de
Beatriz (RD Editores, Sevilla, España). En 2006 gana el Certamen Nacional
de Cuento Efraín Huerta con el libro de relatos Sueños de Lot,
y ese mismo año vuelve a ganar el Concurso del Libro Sonorense, género
ensayo, con el libro Jardines repentinos en el desierto. Ha colaborado en
diversos medios de circulación nacional y tiene a su cargo la columna
“Charlas de café” de la revista Siempre! y un blog que
es un himno a La trenza de Sor Juana: www.la-trenza-de-sor-juana.blogspot.com
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