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UNA TEORÍA DE LOS CUERPOS

Por Omar Requena

Se trataba simplemente de eso: jugar a los cuerpos, porque sí, travesuras de gente grande. O quizá fuera la soledad, el olvido. Siento, luego existo. Descartes, su cuello de cisne definitivamente torcido. Sobran las razones, si de meterse en la cama con alguien que te gusta se trata. No cuenta el sentido crítico. La comidilla en el edificio. En La Bachata, los asiduos bebedores de whisky doce años habían subido por lo menos una vez al 8-D con Elisa. Allí, nubes de incienso mandarina los recibían junto a la voz de Nicola di Bari. ‘La Prima Cosa Bella’. Entonces, Elisa folgaba; Elisa leía en borra de café. Bendita manía de la gente por estos lados; bajo cualquier piedra levantada sale un yerbero o un brujo, como hormigas azuzadas con un palito. Así era Dulce también, aunque le hayamos perdido el rastro. Feísima, al punto de ser confundida con un travesti. Vivió con Elisa durante un período –por suerte breve- de rechazo hacia los hombres. De aquello quedó repartida en bolsitas plásticas una colección de fotografías íntimas. Elisa aparecía más flaca, el cabello castaño y largo. Sus partes, que ya conocía, no me impresionaron de manera especial. Ahora, de la cintura para abajo, Dulce era un portento, una vaina impresionante. Molusco lamelibranquio, se me ocurre llamar a esa cosa oculta en su entrepierna. Seguramente respiraba, era capaz de tragarse el oxígeno y la luz de un lugar determinado. Madre mía. Quise probar con ella. ¿Por qué no? Antes había pasado ya con Carol y Luisa; con Martica, la peruana del hotel de enfrente. Quince días luego de dar a luz y Elisa que me la regala. Una botella de José Cuervo fue suficiente, Martica se aferraba a los barrotes de la cama, apretando los ojos como si le doliese mucho. Al final, cogió un dolor de cabeza tremendo, que nos asustó. Sus pechos rezumaban gotas de leche; Martica se la quitaba con los dedos. Pidió una toalla que Elisa le dio, mirándola como se mira a una persona no grata. O mejor, a una rival. Era su amor por los celos. Elisa me servía cuerpos para sentirse mordida por la rabia de no ser ella el objeto de mis homenajes. Pasaba días sin hablarme, encerrada en el pequeño cuarto donde tenía un altar con imágenes y flores. En ciertas noches, podía oírse un ruido como de voces muy lejanas, provenientes de la sala vacía. En otra ocasión, el estante superior de un librero se nos vino encima sin razón aparente. Elisa tomaba estos ‘fenómenos’ como una orden para la abstinencia. Escondía revistas, videos. Iba cada tarde a misa de seis. Eso me irritaba. Como venganza, solo le permitía flirtear con sus viejos compañeros de barra, que ya no volvieron a subir al 8-D. Ciao, Nicola di Bari; cero nubecitas con olor a mandarina para nadie que no fuese yo. Ninguna crueldad; a mí no me iba a pasar lo que al español que la conoció, casándose con ella poco antes de culminar su tiempo como aeromoza. El infeliz, harto de llevar cuernos a diestra y siniestra, llegó una tarde y se disparó un balazo en la sien, delante de Elisa y de Katy, la hija preadolescente de ambos. Katy jamás perdonó a su madre. Hoy es diseñadora gráfica en Londres, donde gana mucho dinero. Ni un centavo ha recibido Elisa en años. Muchas veces he oído que le habla en sueños, pidiéndole perdón.
Pero la vaina era esbozar una teoría de los cuerpos. Difícil; solo acuden a mi cabeza estos fragmentos desordenados; jirones, retazos. Nada consistente. Confusión y puerilidad. ¿Cómo logramos explicar (nos) la manera en que uno se hace con algo de certidumbre, a no ser por lo más cercano y tangible: la piel? Piel perecedera, sujeta a la corrupción inexorable. Porque si el alma existe, también se pudre con el cuerpo. En consecuencia, hay que dejar que esa sustancia resbale por la mayor cantidad de pieles posibles. Esa lúbrica visión, nuestro único asomo de eternidad. Ya lo decía mi bisabuelo: “mijo, teniendo oído aunque no escuche”. Sus ímpetus copulativos no conocieron restricciones: igual cogía a mujeres jóvenes y sanas como a sordomudas, inválidas, deficientes mentales. No importaba. Mi bisabuelo llevó toda su vida el miembro como un cabestro, como la horqueta del radiestesista en procura del agua salvadora. Mi despecho es que yo nunca llegaré a ser como él. Menos después del accidente en la fábrica, que me deja postrado e inservible a la vista de Elisa. Harta de mí. Loca por marcharse definitivamente. ¿Volverá a atrincherarse en La Bachata, en su pequeño infierno, con sus miedos? Cambiando el roce de un cuerpo por el de otros. “Porque los cuerpos se entienden, pero las almas no”[1].

Y yo sin haber conseguido a Dulce; fea y todo como era.




[1]“Arte de amar”, Manuel Bandeira. (1886-1968)

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DATOS DEL AUTOR:
Omar Requena.- Venezolano, nació en Caracas en 1972. Ha desempeñado diversos oficios; cursó estudios de Derecho y Artes Visuales en su ciudad natal. Actualmente estudia Comunicación Social en la Universidad Bolivariana de Venezuela, en la población de Ocumare de Tuy, antigua capital del estado Miranda, donde reside desde hace varios años, interesado en la riquísima y poco conocida memoria histórica de la región. Tiene inédito un poemario, Palabras para después; prepara su primera colección de relatos breves.


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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